Piero Atchugarry es galerista y una figura en pleno ascenso en la escena del arte contemporáneo. Hijo del escultor Pablo Atchugarry, construyó por mérito propio una sólida trayectoria global
Piero Atchugarry: “Donde abro una galería, pongo raíces”
Por Marcelo Rozemblum
Entrevista con Piero Atchugarry
PIERO ATCHUGARRY
“DONDE ABRO UNA GALERÍA, PONGO RAÍCES”
Por Marcelo Rozemblum
Piero Atchugarry es galerista y una figura en pleno ascenso en la escena del arte contemporáneo. Hijo del escultor Pablo Atchugarry, construyó por mérito propio una sólida trayectoria global: abrió en 2014 su primera galería en Garzón y hoy cuenta también con espacios en Miami y La Perla, en Manantiales, además de desarrollar su actividad en Europa y otros mercados. Representa a artistas de más de una decena de países y participa en algunas de las principales ferias del mundo. En esta entrevista especial para Esteña Press, habla de arte, mercado, familia y de una pasión que empezó muy temprano.
—En tu foto de perfil de WhatsApp estás con tu tío Alejandro Atchugarry, uno de los ministros de Economía más queridos y respetados de la historia de Uruguay por su rol clave durante la crisis financiera de 2002. ¿Qué significó él en tu vida?
Desde muy chico mi padre me transmitió los valores y la historia de la familia, de dónde veníamos y desde dónde había empezado cada uno. Mi bisabuelo era vendedor de ropa y mi
abuelo Pedro decía siempre: “Nací en un rancho”. Empezó a trabajar a los doce años en la construcción, llegó a ser director de una empresa y después a tener la suya propia. Siempre hubo mucho orgullo en compartir lo que habían logrado nuestros antepasados. Ser parte de la familia Atchugarry es para mí un gran orgullo.
Mi tío Alejandro fue siempre muy generoso y muy accesible conmigo. Era una persona que me transmitía mucho diciendo poco. Cuando yo tenía unos diecisiete años, era un alumno inquieto y cambiaba de escuela casi todos los años. Una vez, en la cocina de su casa, me dijo: “Capaz que no tenés que hacer una carrera universitaria. Si no te gusta estudiar, hacé cursos cortos, cosas que te interesen. El mundo está cambiando y los intermediarios también tienen un lugar. Tu padre está en el mundo del arte…”. De alguna manera, ahí apareció también la idea de que yo podía ser galerista.
Lo admiré muchísimo. Mi padre y Alejandro fueron mis dos grandes mentores. Mi padre, obviamente, por todo lo que compartimos y porque estamos en el mismo mundo, pero uno también busca otras figuras además de sus padres, y Alejandro fue una de las primeras para mí. Y tenía algo muy especial: lo daba todo por su familia, por sus hijos, por los amigos de sus hijos. Cuando falleció fue muy difícil y triste para todos.
—Repartís tu vida entre Uruguay, Miami y Europa. Hoy estás a orillas del Lago di Como, Italia. ¿Dónde sentís que está tu casa?
No tengo un lugar preferido; el equilibrio entre ellos es muy especial. Nací y crecí en Italia, mi primer idioma es el italiano y acá están muchos de mis amigos y mi familia. Pero toda mi familia es uruguaya y Uruguay siempre tuvo para mí algo mágico. De chico veníamos tres semanas al año: dejábamos el invierno, la escuela y el frío europeo y llegábamos al verano, la playa, los primos, los tíos, los abuelos… Era como Disneyland para un niño. Por eso también abrir mi primera galería en Uruguay, antes que en cualquier otro lugar del mundo, fue una forma de homenajear mis raíces.
—¿Cuándo supiste que querías ser galerista?
A los quince o dieciséis años, cuando mis profesores me decían que era inteligente pero que no me aplicaba, yo les respondía: “Mirá, voy a terminar vendiendo cuadros y obras de arte”. Cuando me fui a Londres decidí tomármelo en serio: estudié Administración de Empresas pensando ya en abrir una galería y después me fui a Nueva York a estudiar arte en Christie’s. Incluso hice un pequeño mapa de lo que imaginaba para mi futuro: Nueva York, Punta del Este, São Paulo y Londres. No se cumplió exactamente así, pero hoy están las galerías de Miami y Punta del Este, y tengo un equipo en Milán. Los puntos se desplazaron, pero de alguna manera aquel mapa sigue estando.
—En 2014 abriste una galería en Pueblo Garzón, cuando todavía parecía una apuesta bastante improbable en un lugar muy alejado de los centros internacionales. ¿Qué te enseñó esa experiencia?
Garzón me enseñó que nada es imposible. Al principio las ventas eran muy limitadas, pero se generaban encuentros que, dos o tres años después, podían convertirse en relaciones y en coleccionistas que apoyaban la galería. Mientras muchos van donde el mercado ya existe, mi apuesta fue establecerme antes, construir un programa interesante y darle tiempo para crecer.
—Mientras algunas grandes galerías internacionales están reduciendo estructuras, vos seguís creciendo. Este año, además, sumaste “La Perla» en Manantiales. ¿Cómo pensás esa expansión?
Lo veo como un crecimiento orgánico. Priorizo las necesidades de los artistas y la solidez del negocio sobre la expansión rápida. Si algunos artistas ya tienen representación en Nueva York pero necesitan Miami, ese lugar cobra sentido. Tomo riesgos, pero cuando abro una galería pongo raíces: no es una prueba. Fue así en Garzón, Miami y ahora Manantiales. No me interesa correr por correr ni abrir simplemente para sumar una ciudad más.
—Punta del Este está creciendo muchísimo. ¿Ese crecimiento también se refleja en el mercado del arte?
Sí, aunque no de manera directamente proporcional. Estoy seguro de que hoy hay más coleccionistas que hace quince años. El MACA tuvo un impacto importante y alrededor empiezan a surgir nuevas fundaciones, proyectos y propuestas culturales. También llegan más argentinos y extranjeros que pasan tiempo acá y se acercan al arte de otra manera. Todo eso va fortaleciendo poco a poco el mercado local.
—¿Qué tiene que pasar para que conozcas a un artista, veas su obra y decidas: “Quiero trabajar con él”?
Para mí, cada artista que representa la galería es como un miembro más de la familia; es casi como casarse. Tiene que haber admiración por la obra, una búsqueda propia e innovadora, profesionalismo y una muy buena realización técnica.
No alcanza con tener una buena idea: tiene que estar bien ejecutada. Y hay que darle tiempo a la obra para entender la búsqueda y las obsesiones del artista. Después hay otro factor fundamental: que la galería pueda construirle un mercado. Puede fascinarme un artista, pero si mi galería no puede venderlo bien, termino haciéndole mal a él y a la galería.
—Trabajás muchísimo, viajás, vas a ferias, abrís espacios. ¿De dónde sacás tanta energía?
— Para mí es clave la pasión. Sin ese motor, no aconsejaría a nadie abrir una galería. Es un negocio muy duro y, sin pasión, los números no tienen sentido. Tenés que sentir: “Lo hago gratis, lo hago pagando, pero lo hago porque es lo que me gusta, lo que me llena el alma, lo que me da vida y me hace despertarme a la mañana, tomar un avión y seguir pensando y haciendo”. Sin eso, no funciona.
—El mundo del arte todavía puede intimidar a quien siente que no sabe o que no pertenece. ¿Cómo se forman nuevos públicos y nuevos coleccionistas?
Lo primero es acercar a la gente desde la curiosidad y sacarle el miedo. Uno puede entrar cien veces a una galería sin comprar nada; son espacios gratuitos y no hace falta ser experto. Cuanta más gente comparta una muestra, más sentido tiene lo que hacemos. La invitación es a visitar museos y galerías, preguntar y no avergonzarse de no saber. No hay malas preguntas: nunca vas a saber todo y siempre podés aprender de alguien. Y la gente compra lo que conoce.
—¿Te interesa más el arte contemporáneo que el moderno o el clásico?
Me interesa toda la historia del arte, pero el desafío más grande está en lo contemporáneo porque todavía no está escrito. Al mismo tiempo, creo que las grandes obras y los grandes maestros son atemporales: podés poner hoy un Monet al lado de una instalación contemporánea y dialogan perfectamente.
—¿Cuándo alguien deja de ser simplemente comprador y se convierte en coleccionista?
Todo coleccionista comienza siendo comprador, pero en algún momento “le pica un bichito”. No es una cuestión de cantidad ni necesariamente de dinero. Un comprador puede adquirir obras para decorar una casa; el coleccionista, en cambio, sigue toda la vida. Si no puede comprar obras, compra catálogos, pósters o serigrafías. Es la necesidad de convivir con esos objetos y crear un vínculo con ellos.
—La inteligencia artificial está transformando muchas disciplinas. ¿Qué pensás que puede pasar con el arte?
La tecnología siempre transformó el arte. Cuando apareció la fotografía cambió el sentido de representar la realidad: si podía reproducir algo de manera idéntica, la pintura podía incorporar otras miradas, sentimientos y puntos de vista. Creo que con la inteligencia artificial va a pasar algo parecido: los artistas incorporarán estas nuevas herramientas de maneras que hoy ni siquiera imaginamos.
—Antes de terminar, te propongo un ping pong de preguntas y respuestas.
Un libro.
Losing My Virginity, de Richard Branson. Me gusta su sentido de aventura y su espíritu emprendedor.
Una serie.
Stranger Things. La vi en las semanas previas al nacimiento de mi hijo y quedó muy asociada a ese momento.
Una película.
The Great Gatsby, dirigida por Baz Luhrmann. Me encanta la historia basada en la novela de F. Scott Fitzgerald y su puesta en escena.

Una exposición reciente que te haya impactado.
El Pabellón de España en la actual Bienal de Venecia. Me pareció casi una síntesis de la historia de la humanidad: una acumulación de imágenes que también dialoga con la inteligencia artificial y con la manera en que hoy consumimos imágenes.
—Si mañana desaparecieran las ventas, las ferias y todo el mercado del arte, ¿qué seguiría interesándote del arte?
Todo: las obras, los artistas, los museos, las exposiciones. Probablemente tendría que cambiar de profesión, pero esa parte de mi vida seguiría exactamente igual. Seguiría viajando por el arte, viendo muestras y descubriendo artistas y museos. Para mí el arte es trabajo, hobby, pasión, curiosidad y viaje. Todo combinado.

















