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El costo invisible de una infancia sedentaria

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Durante años educamos a nuestros hijos para que aprendieran a quedarse quietos. Quietos en clase. Quietos haciendo deberes.

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El costo invisible de una infancia sedentaria

Durante años educamos a nuestros hijos para que aprendieran a quedarse quietos. Quietos en clase. Quietos haciendo deberes. Quietos frente a una pantalla. Quietos viajando.

Sin darnos cuenta, naturalizamos una infancia cada vez más sedentaria.

Y quizás una de las conversaciones más importantes que debemos empezar a tener como padres no sea solamente qué comen nuestros hijos o cuánto estudian, sino cuánto tiempo pasan sentados cada día.

Porque hoy la ciencia estudia la magnitud del impacto que genera permanecer sentado demasiadas horas durante años.

El doctor James Levine, ex director del Centro de Soluciones e Iniciativas para la Obesidad de la Clínica Mayo y autor del libro Get Up! Why Your Chair Is Killing You and What You Can Do About It, sostiene que el cuerpo humano fue diseñado para moverse constantemente. Cuando dejamos de hacerlo, comienzan a alterarse mecanismos esenciales vinculados al metabolismo, la circulación, la inflamación y la función cerebral.

Es importante entender que los efectos no suelen verse inmediatamente. Un niño sedentario no necesariamente se enferma hoy. El costo aparece décadas después.

Muchas enfermedades crónicas de la adultez —cardiovasculares, metabólicas y neurodegenerativas— tienen relación directa con hábitos sostenidos durante años.

En 2013, la American Cancer Society publicó un estudio que mostró que las personas que permanecían sentadas más de seis horas por día tenían un riesgo significativamente mayor de mortalidad por cualquier causa en comparación con quienes se sentaban menos de tres horas diarias (hasta 94% más riesgo las mujeres y 48% los hombres).

Las escuelas son un lugar donde nuestros hijos pasan muchas horas de su vida sentados. En esta columna no buscamos criticarlas, entendemos que estos cambios llevan años y procesos difíciles de resolver. Si creemos que generar conciencia y buscar una construcción colectiva entre familias, educación y salud es fundamental para lograr el cambio.

El movimiento cotidiano importa: caminar, jugar, cambiar de postura, subir escaleras, moverse más y permanecer menos tiempo inmóvil, sentados.

Tal vez uno de los grandes desafíos de esta generación sea enseñarles a nuestros hijos algo esencial: que cuidar el cuerpo no es una actividad extra, sino una forma de vivir.

Las decisiones repetidas de hoy son las que construirán la salud de mañana.



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