Hay algo en julio que nos obliga a mirarnos de cerca. Se apaga el ruido de enero, la ciudad respira distinto, y en ese silencio aparecen preguntas que en temporada alta no tenemos tiempo de hacernos.

JUGANDO DE VISITANTE
Hay algo en julio que nos obliga a mirarnos de cerca. Se apaga el ruido de enero, la ciudad respira distinto, y en ese silencio aparecen preguntas que en temporada alta no tenemos tiempo de hacernos.
Una de esas preguntas llega con la pelota. Cada Mundial despierta algo que no tiene que ver con el resultado, sino con la herencia: somos un país de tres millones y medio de personas con cuatro estrellas en el pecho —1930, 1950 y el Maracanazo que aún duele en Brasil, y los oros olímpicos de 1924 y 1928, mundiales para la FIFA—. Eso no es folclore, es carácter. Y hoy también lo sienten los extranjeros que viven aquí, y los que llegan en invierno buscando otro tipo de refugio.
Pero hay una paradoja que julio también deja ver: somos capaces de jugar de local en cualquier cancha del mundo, y sin embargo seguimos jugando de visitante en nuestra propia ciudad. Las obras se anuncian, los plazos se mueven, y el orden urbano sigue siendo una promesa que se mide en inauguraciones antes que en experiencias: la vereda rota, la calle que a ciertas horas no perdona, las raíces que levantan el asfalto, los baches que nadie repara, la bici vía que los colegios esperan y la ciudad todavía debe, las motos sin patente que ningún radar detecta. Una ciudad que funciona no se declara: se vive.
Lo mismo ocurre con el dinero. Desde agosto, el Banco Central obliga a advertir, en letra grande, los riesgos de ahorrar en dólares —un octógono financiero, le dicen— en una plaza donde tres de cada cuatro depósitos siguen en moneda extranjera. Y ya es obligatorio reportar a la UIAF cualquier movimiento electrónico por encima de los diez mil dólares. La pregunta que nadie responde es a quién protege esa advertencia: ¿al ahorrista, que asumió ese riesgo siempre, o al Estado, que de paso aprende cuánto dólar hay detrás de cada cuenta? Bienvenidos a una vigilancia con buenos modales.
En ese contexto, nuestro segundo Foro Esteña —edición podcast en Spotify— conversa con el líder del Aeropuerto Internacional de Punta del Este sobre destino, conexiones e impacto regional. Porque el legado que queremos construir, como las ciudades que funcionan, se construye con consciencia y de a poco. Sin anuncios, con hechos.
Julio nos pone, otra vez, frente al espejo: orgullosos de lo que fuimos, exigentes con lo que somos, en deuda con lo que falta. Crecer nunca fue el problema. El problema es aprender a jugar de local en casa.
Felices y muy merecidas vacaciones de invierno.
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