¿Y si el secreto de la juventud no estaba en el gym, ni en el aceite de oliva, ni en el colágeno?
Por Marcelo Rozemblum
ACERCARSE A LA INMORTALIDAD

¿Y si el secreto de la juventud no estaba en el gym, ni en el aceite de oliva, ni en el colágeno?
Quiero hablar de algo que me apasiona: la potencia del arte para hacer una diferencia real en nuestras vidas. Mucho más allá que decorar una pared, asistir a otra charla sobre Picasso o pasar una tarde en el museo, el arte nos puede llevar a lugares donde pocas cosas llegan.
Te invito a leer una columna que mezcla investigación científica, casos que realmente me volaron la cabeza y experiencias personales muy poderosas. Podría llamarlo, sin exagerar demasiado, el “biohacking” más antiguo y más humano que existe.
¿El arte alarga la vida?
Me sorprende observar a artistas de 90 años que siguen creando con una vitalidad inagotable. Mientras muchos cuentan el tiempo que les queda, ellos siguen descubriendo nuevos mundos y están llenos de proyectos. ¿Cuál es su secreto?
Margaret Whyte fue la artista seleccionada para representar a Uruguay en la Bienal de Venecia 2026. Con 92 años, se destaca no sólo por su trayectoria sino por su energía y lucidez.
Ides Kihlen, artista argentina recientemente fallecida, pintó durante décadas en silencio. Recién fue descubierta por el mundo del arte en el 2002, cuando realizó su primera exposición consagratoria a los 85 años de edad. Murió a los 108 años pintando y tocando el piano. «El arte es la vida misma», decía. Difícil atribuirlo solamente al buen aceite de oliva.
David Hockney, a sus 88, sigue explorando nuevas formas de pintar, del óleo al iPad, con el entusiasmo de un niño.
Louise Bourgeois murió a los 98 años. Sus arañas monumentales —la serie Maman, que hoy se exhibe en los museos más importantes del mundo— las concibió después de los 70. No fue el final de una carrera. Fue su momento más alto.
No son excepciones. Son parte de un patrón: artistas que llegan a los 80, a los 90, incluso a los 100 años, y siguen produciendo, viajando, explorando, con un entusiasmo juvenil que desafía cualquier idea convencional sobre la vejez y el tiempo. El arte parece otorgar vitalidad, propósito, un motor que, lejos de apagarse con los años, se potencia.
¿Qué tipo de vida construye alguien que nunca deja de crear?

El arte como resistencia y sostén psíquico
Yayoi Kusama, una de las artistas más reconocidas del mundo, tiene 96 años y vive, por decisión propia, en un hospital psiquiátrico de Tokio desde hace cincuenta años. Cada mañana sale a pintar a su taller. Vuelve. Y al día siguiente, hace lo mismo.
Es una arquitectura de vida que ella misma construyó para no caerse. El arte no la curó, pero le dio algo quizás más valioso: una razón para levantarse. Ella misma ha dicho que el arte fue lo que le permitió seguir viviendo. No como metáfora. Como hecho concreto.
Frida Kahlo pintó gran parte de su obra inmovilizada por el dolor. No como terapia, no como entretenimiento: como la única forma que encontró de seguir siendo ella misma.
El artista brasileño Arthur Bispo do Rosário estuvo institucionalizado durante décadas. Con restos de telas, hilos de uniformes y objetos descartados, construyó un universo propio. No curó la locura, pero encontró una forma de habitarla.
Tres historias completamente distintas, tres siglos distintos casi, y la misma pregunta: ¿qué tiene el arte que, en ciertos casos, no solo acompaña la vida sino que la sostiene?
No tengo respuesta filosófica para eso. Pero hay gente que intentó responderla con datos.
El arte como medicina preventiva
Un reciente estudio del University College London analizó datos y muestras de sangre de más de 3.500 adultos del Reino Unido usando relojes epigenéticos para medir el envejecimiento biológico. Los investigadores Daisy Fancourt y Feifei Bu encontraron que quienes participaban en actividades culturales o artísticas —leer, escuchar música, visitar museos, hacer manualidades— al menos una vez por semana, mostraron un ritmo de envejecimiento biológico un 4% más lento que quienes casi no lo hacían.
Lo que Fancourt y Bu midieron no fue bienestar subjetivo —»me siento mejor»— sino algo más concreto: los relojes epigenéticos registran cambios químicos en el ADN que reflejan cómo envejece el cuerpo a nivel celular, independientemente de lo que la persona sienta o declare. No es una encuesta de satisfacción. Es biología. El efecto fue comparable al de hacer ejercicio semanalmente.
Si te interesa leer el artículo aquí está el link:
No estoy sugiriendo que dejes de ir al gym. Aunque si el plan alternativo es caminar o correr unos kilómetros por el parque de esculturas del MACA-Fundación Atchugarry, tampoco sería una mala idea. Matás dos pájaros de un tiro. Y además es gratuito.
No es el único respaldo. La OMS publicó una revisión que analizó más de 3.000 estudios y señaló beneficios concretos del arte sobre el bienestar, la prevención de enfermedades y la salud mental.

Cuando el arte vuelve a conectar
En el MoMA de Nueva York, el programa Meet Me at MoMA trabaja con personas con Alzheimer y sus cuidadores. A través del contacto con obras, se generan conversaciones y conexiones emocionales que muchas veces no aparecen en otros ámbitos. Algo similar pasa en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, con iniciativas junto al Ace Alzheimer Center Barcelona.
En estos casos el arte no es terapia en el sentido clínico. Es un espacio donde vuelve a activarse la atención, la palabra, el vínculo. Se reduce el aislamiento de los pacientes.
La neurociencia empezó a observar lo mismo: participar de experiencias culturales se asocia con menos estrés, menos soledad y mejor estado de ánimo. En adultos mayores, con una vida cognitiva más activa.
El arte no es un diagnóstico. Pero puede ser un buen punto de partida para sentirse mejor. A cualquier edad. Y con bajos costos.

Cuando la obra es un ritual de sanación
Hoy, algunos artistas llevan esa dimensión un paso más allá.
Un ejemplo paradigmático es Guadalupe Maravilla. Artista salvadoreño-estadounidense, sobreviviente de cáncer e inmigrante indocumentado durante años, no hace obras sólo para ser contempladas: las hace para ser activadas. Su serie de esculturas totémicas —enormes, de formas ancestrales— funcionan como instrumentos de terapia sonora. Alrededor de ellas organiza rituales y baños de gong para comunidades que atravesaron traumas migratorios o enfermedades.
No es un arte sobre el dolor, sino arte contra el dolor. Literalmente.
Esto lo viví
Pero más allá de los estudios y los programas institucionales, hay algo que experimento en cada charla, cada recorrido guiado, cada encuentro donde el arte es el centro: aparece una conversación que no hubiera ocurrido de otra manera. Y no hace falta saber nada de arte para que eso pase.

Algo en la vida de ciertos artistas —la audacia, el riesgo, el límite— funciona como espejo. Nos devuelve una imagen de nosotros mismos que pocas cosas logran. Y eso mueve.
Incluso (o más aún) en las inauguraciones o “vernissages” el arte también funciona como excusa para el encuentro, para la conversación, para sentirse parte de algo. Y para tomar vino gratis. No encontré estudios científicos sobre eso, pero tampoco los busqué demasiado.
Hace un tiempo di una charla sobre arte en el Hogar Israelita del Uruguay de Montevideo. Llevé imágenes, algunas historias, preguntas abiertas. No sabía muy bien qué esperar.
Personas que llegaban calladas o apagadas empezaron a participar al encontrarse con una imagen o historia que les resonaba con su trayectoria de vida. Se iluminaban los ojos. Aparecían recuerdos, humor, anécdotas familiares, ganas de contar.
Cuando terminó el encuentro, varios se quedaron para contarme sus historias. Yo había preparado una hora de charla. Ellos tenían décadas.
Me sorprendió la cantidad de personas que habían vivido cerca del arte —parientes artistas, amigos, o ellos mismos— y que llevaban tiempo esperando una oportunidad para compartir sus historias. Una de las coordinadoras me confesó que algunos residentes bajaron de sus habitaciones especialmente ese día, cuando hacía tiempo que no lo hacían.
A modo de cierre
Esa experiencia me dejó pensando en algo que veo repetirse: el arte suele pensarse como algo individual. Y lo es. Pero también puede ser profundamente colectivo, y esa dimensión está poco explorada.
Hay cursos, charlas y recorridos que transmiten información. Pero son pocos los espacios donde se genera un verdadero intercambio. Desconocidos que empiezan hablando de una obra y terminan hablando de la vida. Eso es lo que me interesa activar. La sabiduría colectiva.
El arte no reemplaza a la medicina. No elimina el dolor ni la incertidumbre.
Pero hace algo mejor: devuelve vitalidad cuando todo parece apagarse, sostiene cuando duele, recuerda que vale la pena seguir presentes.
No se trata solo de vivir más años. Se trata de vivir con más curiosidad, más sensibilidad, más ganas de estar acá.
Como me dijo una vez un coleccionista —alguien que, justo es decirlo, tiene muchas otras fuentes de consuelo disponibles—: «no sé si el arte sana, pero seguro que consuela.»
Yo sí lo sé. Pero esa ya sería otra columna…

















