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Venecia 2026: El Arte Que Susurra

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En un mundo que no deja de gritarnos, la Bienal de Venecia 2026 elige susurrar. Bajo el título «In Minor Keys» y la curaduría de Koyo Kouoh

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VENECIA 2026: EL ARTE QUE SUSURRA

En un mundo que no deja de gritarnos, la Bienal de Venecia 2026 elige susurrar. Bajo el título «In Minor Keys» y la curaduría de Koyo Kouoh, la cita más influyente del calendario internacional se aleja del espectáculo para transformarse en un territorio de exploración sensorial e íntima. Del 9 de mayo al 22 de noviembre, la ciudad de los canales convoca a artistas, curadores, coleccionistas, directores de museos, amantes del arte, turistas y curiosos, y nos invita a dar un paso hacia adentro: afinar la percepción y escuchar lo que el arte tiene para decir en voz baja.

Koyo Kouoh – Foto Carlo Pisani para www.swissinfo.ch

Una Bienal en clave menor

Respira. Exhala. Suelta los hombros. Cierra los ojos”
Con estas palabras comienza el texto curatorial que la camerunesa Koyo Kouoh escribió antes de su sorpresivo fallecimiento en mayo de 2025. Primera mujer africana en dirigir la Bienal, su visión —respetada póstumamente con fidelidad absoluta— nos sumerge en los “tonos menores”. A diferencia del brillo de los tonos mayores, esta metáfora musical nos invita a la introspección, alejándonos del espectáculo monumental para atender a los susurros y silencios que el ruido del presente suele sepultar.

Bajo esta premisa, la muestra exige una “escucha profunda”: el visitante deja de ser un consumidor de imágenes para convertirse en un oyente de las piezas. En un mundo fracturado, estos tonos menores funcionan como un refugio de ética del cuidado, donde reconocer nuestra fragilidad compartida es el primer paso para sostenernos.

Esta visión culmina en la “alegría como resistencia”: una voluntad política de hallar belleza y conexión a pesar de la violencia del mundo. En 2026, la invitación es a bajar el volumen del afuera para descubrir que, en el ritmo lento y la sutileza de lo pequeño, reside nuestra fuerza más transformadora.

Polémicas en clave mayor

Pero no todo es silencio.

En la antesala de esta edición, las tensiones políticas alcanzaron una intensidad inusual. Decenas —y en algunos casos más de 150— artistas y curadores firmaron cartas abiertas exigiendo la exclusión de países como Israel y Rusia —y en ciertos casos también Estados Unidos—, en un contexto atravesado por conflictos geopolíticos.

El debate vuelve a poner en cuestión el modelo fundacional de la Bienal —los pabellones nacionales—, un formato heredado del siglo XIX que, en una era de identidades híbridas y trayectorias globales, resulta cada vez más anacrónico y obliga a preguntarse si tiene sentido seguir organizando el arte en clave de representación estatal.

La otra cara de la Bienal

En paralelo a esta atmósfera de introspección, persiste una tensión estructural: la llamada “ferialización” de las bienales y la “bienalización” de las ferias. Mientras las obras invitan a la pausa y la contemplación, coleccionistas, galeristas y casas de subastas operan en paralelo, recordando que el arte contemporáneo también es un sistema económico de enorme escala.

La Bienal de Venecia no escapa a esta lógica. Buena parte de los artistas está representada por grandes galerías o vinculada a redes de patrocinio, y la tensión entre experiencia espiritual y valor financiero atraviesa silenciosamente toda la Bienal.

Guía básica para recorrer la Bienal

La Bienal no es solamente una exposición: es una ciudad entera convertida en experiencia.

Todo comienza en la Exposición Internacional, desplegada entre el Pabellón Central y el Arsenale. Es el corazón conceptual del evento, la brújula que marca el tono, las preocupaciones y la sensibilidad de esta edición. El resultado es una muestra con 111 participantes —artistas, dúos y colectivos— provenientes de múltiples geografías, reunidos no por nacionalidad sino por afinidades y formas compartidas de habitar el mundo. Hay aquí una lógica más cercana a la música que a la geografía: tonos, vibraciones, intensidades que dialogan entre sí.

A su alrededor orbitan los pabellones nacionales —99 participaciones en total— donde cada país presenta su propia propuesta. Un mapa del mundo en miniatura.

Y más allá, Venecia se expande en múltiples capas: palacios, iglesias y espacios históricos albergan decenas de muestras paralelas que amplían —y muchas veces desbordan— el relato oficial.

Pabellones que marcan el pulso

Antes incluso de la apertura, algunos pabellones concentran la atención.

El de Japón, con Grass Babies, Moon Babies de Ei Arakawa-Nash —nacido en Fukushima y radicado en Los Ángeles—, propone una experiencia íntima y física: el visitante es invitado a sostener en brazos bebés-escultura de peso real mientras un sistema de audio activa relatos que cruzan memoria, identidad y diáspora. Un gesto simple que se vuelve profundamente emocional, donde las nociones de cuidado y reflejo se confunden.

Escape Room | Andreas Agelikadis

 

En el de Grecia, Escape Room de Andreas Angelidakis reinterpreta la alegoría de la caverna de Platón en clave contemporánea, cuestionando las ilusiones digitales, la post-verdad y los mecanismos de poder. A través de una arquitectura de trampas perceptuales, la obra convierte la filosofía en experiencia, donde el visitante debe encontrar su propia salida.

Pabellón de Suiza: bajo el título «One minute, 30 seconds at 10pm when I heard this news…», el proyecto examina la vigilancia y la intimidad en el espacio público, sugiriendo un ambiente de supervisión constante. Incluye la reescenificación de debates televisados y uso de estructuras que evocan el escrutinio mediático.

También generan expectativa el pabellón de Francia, con Yto Barrada, el de Gran Bretaña con Lubaina Himid, y el de Dinamarca, donde Maja Malou Lyse explora la cultura digital y la política del cuerpo.

Margaret Whyte. Foto: Leonardo Mainé – El País (Uruguay)

Uruguay en el mapa global

En ese entramado internacional, Uruguay no es un actor periférico. Desde 1960 cuenta con pabellón propio en los Giardini, un privilegio reservado a un puñado de países. En América Latina, sólo un grupo muy reducido accede a esta distinción —entre ellos Brasil y Venezuela, junto con Uruguay—, lo que da cuenta del peso histórico de su presencia en la Bienal.

En esta edición, el pabellón nacional presenta ANTIFRAGIL, una instalación de Margaret Whyte curada por Patricia Bentancur, inspirado en el concepto de antifragilidad del ensayista, investigador y financiero libanés naturalizado estadounidense Nassim Taleb.

A partir de textiles, máquinas obsoletas y fragmentos de escombros, la obra transforma la fragilidad en fuerza, abordando temas como género, conflicto y memoria.

Desde una escala íntima, Uruguay vuelve a insertarse en un diálogo global, confirmando que lo local —cuando es potente— siempre encuentra su resonancia en el mundo.

Michael Armitage Curfew (Likoni March 27 2020) 2022

Más allá de la Bienal

Durante estos meses, Venecia se convierte en una verdadera ciudad-exposición, donde lo oficial y lo paralelo conviven en un mismo pulso.

A la muestra central y los pabellones nacionales se suman los Collateral Events —más de treinta proyectos aprobados por la organización— con nombres de gran peso. Entre ellos, destacan la propuesta de Lee Ufan impulsada por Dia Art Foundation, la revisión de Tadeusz Kantor en Procuratie Vecchie y el universo escultórico de Wallace Chan con Vessels of Other Worlds, desplegado entre la Torre del Bovolo y la Capilla de la Pietà.

Pero es en las exposiciones paralelas —no siempre oficiales— donde muchas veces emerge la energía más libre e impredecible del circuito. La potencia pictórica de Jenny Saville en Ca’ Pesaro, los diálogos contemporáneos entre Michael Armitage y Amar Kanwar en Palazzo Grassi (Pinault Collection), o la gran muestra Transforming Energy de Marina Abramović en las Gallerie dell’Accademia —concebida en el marco de sus 80 años— marcan algunos de los puntos más intensos de esta edición.

A este entramado se suman exposiciones como Peggy Guggenheim in London: The Making of a Collector en la Colección Peggy Guggenheim, junto con proyectos en la Pinault Collection que incluyen a Lorna Simpson y Paulo Nazareth, además de la presencia de figuras como Anish Kapoor y Amoako Boafo, confirmando la densidad y diversidad del panorama.

En paralelo, la Fondazione Sandretto Re Rebaudengo inaugura una nueva sede en Venecia, en la isla de San Giacomo in Paludo, con un programa que articula un amplio itinerario expositivo entre espacios interiores y exteriores, reforzando la expansión territorial de la Bienal más allá de sus sedes tradicionales.

El verdadero encanto de Venecia está ahí: en perderse entre capas. En pasar de un pabellón a un palacio, de una iglesia a una isla, y descubrir que, muchas veces, lo más memorable no estaba en el programa oficial, ni en nuestra lista previa, sino en el recorrido.

Eun Me-Ahn, Pinky Pinky Good (Isla de San Giacomo, Venecia, 2024). Foto: Jacopo Trabuio

El arte como frecuencia y refugio

En un mundo que no deja de gritarnos, esta Bienal propone algo casi radical: escuchar.

Lejos del impacto inmediato, In Minor Keys se mueve en esas zonas, en esas “claves menores” donde habitan la intimidad, la melancolía, pero también el consuelo y una forma más sutil de esperanza.

Veo en esta edición un giro claro que he notado en otros grandes eventos: el arte como refugio. No para escapar, sino para procesar una realidad cada vez más estridente. El conflicto ya lo vemos en las pantallas; del arte esperamos otra cosa: un espacio para la pausa, la escucha y una belleza que el mundo parece haber olvidado.

No busca imponerse. Invita a bajar el ritmo, a afinar el oído interior, a conectar con aquello que suele quedar ahogado por el ruido.

Quizás ahí radique su verdadera potencia.

No en lo que muestra, sino en cómo nos enseña a mirar.

Y, sobre todo, a escuchar.

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