Se avecina la temporada alta y, aunque a fecha de hoy todavía tenemos unos cuantos días por delante, nos encontramos como los caballos de carrera: tascando con fuerza el freno en las gateras, conteniendo la ansiedad colectiva mientras aguardamos el sonido de la campana inicial.
Postales de la cuenta regresiva
Por florencia sader
Postales de la cuenta regresiva
Por Florencia Sader
Ya estamos en la recta final de la preparación. Se avecina la temporada alta y, aunque a fecha de hoy todavía tenemos unos cuantos días por delante, nos encontramos como los caballos de carrera: tascando con fuerza el freno en las gateras, conteniendo la ansiedad colectiva mientras aguardamos el sonido de la campana inicial.
Basta con dar una vuelta por Punta del Este y sus alrededores para percibir el ajetreo generalizado. Se puede ver que están todos pinta que te pinta las fachadas; los esforzados jardineros están planta que te planta en los parques, la intendencia está rompe que te rompe el pavimento prontos para introducir los nuevos cambios en la circulación de las calles de la ya congestionada península, las decenas de construcciones que vemos en distintas partes del balneario a toda máquina, intentando llegar al verano. Absolutamente todos los que aquí residimos nos estamos preparando para el inminente desembarco.
Falta tiempo todavía, pero sabemos que el gran quiebre ocurrirá de golpe, justo después de Navidad. Algunos se adelantan para pasar una Nochebuena poco convencional, ya que los Papá Noel escasean por la zona y los villancicos brillan por su ausencia; los puntaesteños no nos caracterizamos por rezumar un espíritu navideño desbordante. En esos días clave, una multitud descenderá sobre la península por aire, tierra y mar. De la noche a la mañana, nuestra ciudad —que hoy en día late con fuerza y mantiene su vida activa durante todo el año— acelera a fondo para convertirse en el epicentro absoluto del turismo regional.
Para muchos es fundamental estar aquí en fin de año; el reveillón es el momento más álgido del verano. Todos anhelan fervientemente ser parte de la locura y el brillo de esos días, integrándose a ese gran escenario en el que se transforma la costa de cara a la temporada 2026/2027.
Los locales sobrellevamos esto con una mezcla de expectativa y desazón. Nos entusiasma ver llegar a los turistas que colman de vida las playas y potencian nuestra economía, pero el brutal cambio de ritmo nos deja aturdidos las primeras jornadas. De golpe se encienden todos los semáforos, se abren las propuestas exclusivas de verano, se iluminan al máximo las torres de la costa y aparecen monstruosos cruceros en el puerto. Comienza el caos en los supermercados, los embotellamientos y cenar a la una de la mañana se vuelve normal. Llegan desconocidos con ropa de marca, pero también viejos amigos y familiares. Todos demandan atención y un pedazo de nuestro escaso tiempo.
Aún nos queda un tiempo prudencial para ponernos la mejor cara y recibir a quienes buscan el paraíso terrenal prometido en Instagram, TikTok o en sus propios recuerdos. Los que disfrutamos de vivir en Punta del Este los doce meses nos sonreímos con complicidad: sabemos que cuando baje la marea turística, regresaremos al ritmo disfrutable de nuestra bella ciudad. Nos esperan pacientes «las aguas de marzo cerrando el verano», como en la entrañable canción de Tom Jobim.

















