Editorial

Lo que el mar nos devuelve

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«No es sequía, es saqueo.» La frase nació en el debate por el agua, pero podría escribirse en cualquier duna de nuestra costa. Y nos golpea, porque describe exactamente lo que tememos: que la abundancia de Punta del Este se administre como si fuera infinita.

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Lo que el mar nos devuelve

«No es sequía, es saqueo.» La frase nació en el debate por el agua, pero podría escribirse en cualquier duna de nuestra costa. Y nos golpea, porque describe exactamente lo que tememos: que la abundancia de Punta del Este —esta luz, esta arena, este privilegio que vendemos al mundo— se administre como si fuera infinita.

No hay en Uruguay una decisión política de mirar para otro lado. El propio Ministerio de Ambiente habla de la agenda ecológica como oportunidad estratégica, y se espera aprobar una Ley de Delitos Ambientales. Pero puertas adentro la discusión es otra: en el Parlamento se debatió eliminar ese mismo ministerio para «achicar el Estado», y avanza una ley de competitividad que agiliza trámites tocando, de paso, el ordenamiento territorial. Frente a Montevideo, cientos marcharon contra la exploración petrolera ya autorizada. Y en el interior, la crisis hídrica dejó una pregunta incómoda sobre cuánta agua le debemos a la forestación antes que a la gente.

¿Cuántos elegimos esta costa por lo que es, y no por lo que promete valer en dólares el metro cuadrado? ¿Nos animamos a preguntarle a cada proyecto nuevo qué le saca al lugar, además de lo que le suma a la economía?

Las dunas que bordean nuestras playas no son decorado: son la única defensa natural contra la erosión y las tormentas que llegan con más fuerza cada verano. El 12% de nuestro territorio son humedales —el mismo tipo de ecosistema que sostiene el Arroyo Maldonado, entre San Carlos y Punta del Este— y la urbanización sigue avanzando sobre ellos pese a la normativa que dice protegerlos.

No es un patrón exclusivamente nuestro. En España, ese mismo mecanismo de excepciones urbanísticas sobre dunas y primera línea de costa —los mismos proyectos que Greenpeace señala en Marbella, Tarifa o Huelva— ya tiene resultado medido: solo este año se gastaron 246 millones de euros en reparar artificialmente playas que el próximo temporal va a volver a tragarse. El dato que más golpea: por cada centímetro que sube el mar se pierde un metro de playa seca, y en las provincias que viven del sol y la arena, cada metro perdido pone en riesgo entre 300 y 500 empleos turísticos, una locura.

Sabemos que Punta del Este puede seguir siendo el lujo que el mundo elige. Pero solo si entendemos que ese lujo, primero, hay que cuidarlo.

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