La decisión de que los ómnibus interdepartamentales dejen de ingresar a la península puede aliviar el tránsito. Pero la verdadera discusión no es dónde termina un ómnibus: es qué sistema de movilidad queremos para una ciudad que vive 365 días del año y recibe cientos de miles de visitantes en temporada.
El problema no es el ómnibus: es cómo piensa Punta del Este su movilidad
Por Esteña Press
El problema no es el ómnibus: es cómo piensa Punta del Este su movilidad
La decisión de que los ómnibus interdepartamentales dejen de ingresar a la península puede aliviar el tránsito. Pero la verdadera discusión no es dónde termina un ómnibus: es qué sistema de movilidad queremos para una ciudad que vive 365 días del año y recibe cientos de miles de visitantes en temporada.
Hay decisiones que parecen pequeñas hasta que uno mira todo lo que hay detrás.
Que un ómnibus llegue a Maldonado en lugar de Punta del Este puede parecer, a primera vista, una cuestión de tránsito. Pero en una ciudad turística la movilidad también es economía, experiencia, accesibilidad, empleo y, sobre todo, la primera impresión que recibe quien llega.
La Intendencia de Maldonado tiene un argumento concreto: durante la temporada alta ingresan unos 180 ómnibus interdepartamentales por día a Punta del Este. Según los datos manejados por la administración, solo alrededor del 5% de los pasajeros de cada unidad continúa hasta la península. Y un recorrido de unos cinco kilómetros entre las terminales puede insumir hasta 45 o 50 minutos en momentos de máxima congestión.
El problema existe. Y sería absurdo negarlo.
La pregunta es si la solución debe ser simplemente sacar los ómnibus grandes de Punta del Este.
A partir de noviembre, el esquema previsto establece que los servicios interdepartamentales de gran porte finalizarán en la Terminal de Maldonado y que quienes tengan como destino Punta del Este continuarán en unidades menores o transfers, sin costo adicional para el pasajero. La Terminal de Punta del Este no desaparecerá, según confirmó el intendente Miguel Abella, sino que tendrá una nueva modalidad de funcionamiento. Cada empresa que venda los pasajes deberá encargarse de completar ese traslado.
Hasta ahí, el cambio puede ser razonable.
Pero hacer un cambio no es necesariamente mejorar.
¿Qué terminal estamos preparando?
Esta es, quizás, la pregunta que debería ocupar el centro de la discusión.
Si Maldonado va a convertirse en la nueva puerta de entrada y salida de los grandes servicios hacia Punta del Este, no alcanza con acondicionar el edificio.
Hay que preguntarse si la terminal está preparada para absorber ese nuevo flujo.
¿Cuántos andenes necesitará? ¿Cómo se organizarán las llegadas y las partidas? ¿Dónde esperarán los transfers? ¿Dónde subirán y bajarán los pasajeros? ¿Qué ocurrirá con los taxis, remises y vehículos particulares? ¿Habrá estacionamiento suficiente? ¿Cómo circularán los equipajes? ¿Qué sucederá cuando lleguen simultáneamente varios servicios?
La propia Intendencia reconoce que para el nuevo funcionamiento de la Terminal de Maldonado deberán resolverse cuestiones como baños, estacionamiento y servicios para los conductores, y había planteado como objetivo tenerla en condiciones para noviembre.
Y hay una pregunta todavía más básica:
¿La Terminal de Maldonado está preparada para ser una terminal de destino turístico?
Porque una terminal no es solamente una plataforma donde se detiene un ómnibus.
Es un lugar donde una persona llega con una valija, probablemente después de varias horas de viaje, busca información, necesita un baño, un lugar para sentarse, eventualmente comer algo, cargar un teléfono, conectarse a internet, encontrar un taxi o un transfer y entender cómo continuar su viaje.
En otras palabras: la terminal también es parte del producto turístico.
Punta del Este no puede recibir turistas como si fueran pasajeros en tránsito
Aquí aparece una diferencia fundamental con Montevideo.
Tres Cruces está integrada a una gran ciudad, con otra escala urbana, otra red de transporte y múltiples alternativas de movilidad y servicios alrededor.
Punta del Este juega otro partido.
Su economía depende muchísimo más de la experiencia turística. Y esa experiencia comienza mucho antes de llegar a la playa, al hotel o al restaurante.
Comienza cuando el visitante baja del avión.
Cuando toma un taxi.
Cuando llega en auto.
Cuando baja de un ómnibus.
Y cuando llega a una terminal.
Por eso, si una familia que viaja desde Montevideo, Buenos Aires o cualquier otro punto del país llega a Maldonado y debe cambiar de vehículo para completar cinco kilómetros, el traslado puede ser gratuito y aun así tener un costo: tiempo, comodidad, incertidumbre y experiencia.
Especialmente si viaja con niños, adultos mayores, equipaje o movilidad reducida.
El debate, entonces, no debería reducirse a si el transfer es gratis.
La pregunta es: qué calidad tendrá ese transfer.
No alcanza con cambiar: hay que saber qué se quiere mejorar
Y aquí aparece una cuestión que debería formar parte de cualquier política pública seria.
Antes de implementar un cambio de esta magnitud, deberían existir indicadores concretos que permitan responder qué se pretende mejorar y cuánto se espera mejorar.
¿Cuántos minutos de circulación se pretende ahorrar?
¿En qué puntos de Punta del Este se reducirá la congestión?
¿Cuánto disminuirá el tránsito sobre Roosevelt?
¿Cuál será el impacto sobre la circulación en Maldonado?
¿Y cómo se medirá si el nuevo sistema efectivamente funciona mejor?
Porque si el objetivo es mejorar la movilidad, la mejora debería poder medirse.
No alcanza con afirmar que habrá menos ómnibus en Punta del Este.
Hay que saber qué sucede con todo lo que esos ómnibus trasladaban.
El servicio no debería quedar librado a la buena voluntad
Este punto merece especial atención.
Si el nuevo sistema depende de las empresas de transporte, la Intendencia debería establecer estándares claros y verificables.
Frecuencia.
Tiempo máximo de espera.
Capacidad.
Equipaje.
Accesibilidad.
Información.
Coordinación entre llegada del ómnibus y salida del transfer.
Condiciones de seguridad.
Horarios.
Atención ante demoras.
Y, especialmente, qué ocurre cuando un servicio llega tarde y el pasajero pierde la conexión.
La experiencia no puede quedar librada a “cada empresa verá cómo lo resuelve”.
Si el sistema es público en su impacto, debe existir una regla común en su funcionamiento.
Porque el pasajero no distingue entre Intendencia, empresa de transporte, concesionario o prestador del transfer.
Para él, todo forma parte de una misma experiencia: llegar a Punta del Este.
¿Y el impacto económico?
También hay una dimensión que no puede quedar afuera.
Cada pasajero que llega a Punta del Este es potencialmente consumo: gastronomía, taxis, remises, supermercados, farmacias, hoteles, alquileres, comercios y servicios.
Por eso sería necesario conocer algo que hasta ahora no aparece suficientemente desarrollado en la discusión pública:
¿Cuántos de esos pasajeros que hoy llegan directamente a Punta del Este son turistas y cuántos son usuarios locales o regionales?
El dato del 5% es importante, pero necesita una segunda lectura.
Porque no es lo mismo que ese 5% esté compuesto mayoritariamente por turistas que llegan con equipaje a pasar varios días, que por pasajeros que utilizan el servicio por razones laborales o locales.
Tampoco alcanza con saber cuántos pasajeros llegan a la península.
Hay que saber qué hacen después de llegar y cuánto impacto económico generan.
Ese es el tipo de información que debería orientar una política de movilidad moderna.
Las preguntas que todavía necesitan respuesta
La discusión pública ya no debería ser solamente terminal sí o terminal no.
Debería avanzar hacia preguntas concretas.
¿Está preparada la Terminal de Maldonado para absorber el nuevo flujo?
¿Cuántos andenes y unidades de transferencia habrá disponibles en los momentos de mayor demanda?
¿Cuál será el tiempo máximo de espera para quien llega a Maldonado y tiene como destino Punta del Este?
¿Cómo se trasladará el equipaje?
¿Qué protocolo habrá para personas con movilidad reducida, adultos mayores, niños o pasajeros que necesiten asistencia?
¿Qué ocurrirá cuando varios ómnibus lleguen al mismo tiempo?
¿Dónde esperarán los transfers?
¿Cómo se organizarán taxis, remises y vehículos particulares?
¿Qué sucederá ante una demora del ómnibus de larga distancia?
¿Quién responderá si un pasajero pierde su conexión?
Y una pregunta todavía más importante:
¿Cómo se evaluará el resultado de la medida?
Si la Intendencia establece desde el comienzo indicadores de tiempo de espera, cantidad de pasajeros, frecuencia de transfers, reclamos, incidentes, congestión y satisfacción del usuario, la discusión podrá dejar de ser política y pasar a ser una discusión sobre resultados.
Ese debería ser el objetivo.
No se trata de hacer el cambio y después ver
La Intendencia ha planteado que todo cambio puede generar molestias y que el sistema podrá ajustarse si fuera necesario. También ha señalado que la terminal de Punta del Este seguirá funcionando y que la modificación busca resolver problemas de movilidad.
Pero esa no debería ser la filosofía.
No cuando hablamos de una ciudad turística de la dimensión de Punta del Este.
No se trata de experimentar durante una temporada y luego descubrir qué salió mal.
Se trata de estudiar antes.
Medir antes.
Proyectar antes.
Y diseñar con todos los actores antes.
Porque corregir después puede significar una temporada perdida para un comerciante, una mala experiencia para miles de turistas o un problema operativo difícil de revertir en plena temporada.
La noticia de que más de 4.000 vecinos ya firmaron contra el nuevo esquema demuestra, además, que existe una preocupación social que no puede ser descartada simplemente como resistencia al cambio.
La participación ciudadana no significa que toda decisión deba someterse a votación.
Significa que quienes viven, trabajan y hacen negocios en el lugar tienen información que también debe formar parte del diagnóstico.
Y ya existe una instancia anunciada para continuar esa discusión: vecinos fueron convocados a reunirse el lunes 21 de septiembre a las 18 horas en la Liga de Fomento y Turismo de Punta del Este para dialogar y recoger firmas.
La verdadera oportunidad
Quizás la discusión debería ser mucho más ambiciosa.
Si vamos a rediseñar la movilidad de Punta del Este, hagámoslo bien.
No pensemos solamente en sacar 180 ómnibus de Roosevelt.
Pensemos en cómo queremos que una persona llegue a Punta del Este dentro de cinco, diez o veinte años.
Una terminal moderna, accesible y eficiente.
Andenes correctamente dimensionados.
Circulación interna segura.
Estacionamiento.
Taxis y remises ordenados.
Transfers coordinados.
Información turística.
Baños y servicios de calidad.
Espacios para equipaje.
Accesibilidad universal.
Conectividad digital.
Integración con el transporte urbano y suburbano.
Y una circulación que contemple no solamente el verano, sino los 365 días del año.
Porque Punta del Este no es únicamente un destino turístico.
Es una ciudad donde vive gente, donde trabajan miles de personas y donde cada vez más personas eligen establecerse.
La movilidad debe funcionar para todos.
No se trata de defender una terminal porque siempre estuvo allí.
Tampoco de cambiarla porque cambiar parece sinónimo de modernizar.
Se trata de demostrar, con datos, que el nuevo modelo será mejor.
Porque una política pública no debería medirse por cuánto modifica.
Debería medirse por cuánto mejora.
Y si la Terminal de Maldonado va a convertirse en la nueva puerta de entrada de Punta del Este, esa puerta tiene que estar a la altura del destino que representa.
No alcanza con cambiar la pintura.
Hay que diseñar la experiencia.

















