Hay movimientos que un día dejamos de hacer sin darnos cuenta. Sentarnos en el piso, agacharnos profundamente, girar el cuerpo para mirar hacia atrás, alcanzar algo por encima de la cabeza, levantarnos sin apoyarnos.
¿En qué momento dejamos de movernos?
Por Esteña Press
EL ARTE DE HABITAR EL CUERPO
Capitulo 3: ¿En qué momento dejamos de movernos?
Hay movimientos que un día dejamos de hacer sin darnos cuenta. Sentarnos en el piso, agacharnos profundamente, girar el cuerpo para mirar hacia atrás, alcanzar algo por encima de la cabeza, levantarnos sin apoyarnos. No hubo un momento preciso en que decidimos abandonarlos. Simplemente fueron desapareciendo de nuestra vida cotidiana.
A medida que la vida adulta se organiza alrededor del trabajo, los traslados, las pantallas y las rutinas, también se organiza nuestro cuerpo. Repetimos determinadas posiciones cientos de veces y dejamos de visitar otras. Poco a poco, nuestro repertorio de movimiento se hace más pequeño.
Y el cuerpo aprende exactamente aquello que hacemos con él. Cuando un movimiento deja de ser habitual, no necesariamente “lo perdemos”, pero puede volverse menos accesible. El sistema nervioso se vuelve extraordinariamente eficiente en aquello que repetimos y menos eficiente en aquello que dejamos de utilizar. Por eso muchas veces alrededor de los 30, 40 o 50 años empezamos a sentir cierta rigidez y asumimos que es simplemente la edad. Pero no todo lo que atribuimos a la edad es edad. A veces es falta de actividad variada.
Una cadera que pasa gran parte del día flexionada tendrá pocas oportunidades de explorar otros rangos. Una columna torácica que casi nunca rota terminará encontrando otras estrategias para resolver ese movimiento. Un tobillo con poca movilidad puede modificar la forma en que caminamos, nos agachamos o subimos una escalera. El cuerpo no deja de funcionar: se adapta. Y esas adaptaciones pueden pasar inadvertidas durante años.
Por eso entrenar debería ser algo más que sumar fuerza, calorías gastadas o minutos de actividad. También debería conservar opciones. Moverse hacia adelante, hacia atrás y hacia los lados. Empujar, traccionar, rotar, sostener peso, perder el equilibrio y recuperarlo. Poder llegar al piso y volver a levantarse. Mover la columna, las caderas, los hombros y los pies de maneras diferentes.
No necesitamos vivir haciendo ejercicio. Necesitamos evitar que el ejercicio sea el único momento del día en que nuestro cuerpo recuerda todo lo que puede hacer. Quizás una buena pregunta no sea solamente “¿cuánto entrené esta semana?”, sino otra bastante más interesante: ¿De cuántas maneras diferentes me moví hoy?
Erica Karlen
Hace más de dos décadas acompaño a personas de todas las edades a descubrir cómo el movimiento puede transformar mucho más que el cuerpo. En esta columna comparto conocimientos y reflexiones para entender cómo movernos mejor, vivir con mayor autonomía y cuidar nuestra salud desde una mirada basada en la experiencia y evidencia.
















