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¿Cómo serán los humanos del futuro?

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¿Qué parte tuya seguirá siendo humana dentro de veinte años? La muestra New Humans: Memories of the Future en el New Museum de Nueva York, nos plantea un porvenir incierto…

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¿CÓMO SERÁN LOS HUMANOS DEL FUTURO? 

El arte ensaya respuestas 

¿Qué parte tuya seguirá siendo humana dentro de veinte años? La muestra New Humans: Memories of the Future (Nuevos humanos: memorias del futuro), en el New Museum de Nueva York, nos plantea un porvenir incierto, fascinante, incómodo, utópico, distópico, poético y aterrador a la vez. Los invito a descubrirla juntos. ¡Ajústense los cinturones! 

New Museum – Jason Keen para Condé Nast Traveler

Dos horas. Eso era todo lo que tenía en mi apretada agenda para recorrer los más de 11.000 metros cuadrados del New Museum, ahora integrado por dos edificios conectados. Ni bien entré entendí que el tiempo no alcanzaría y que, como tantas veces, me quedaría con ganas de más. El impecable catálogo, que ocupó buena parte de mi valija, me permite seguir investigando artistas, obras y conceptos. Por suerte, el sobrepeso lo traje puesto. 

No salí decepcionado. El New Museum, ubicado en el Bowery, es el único museo de Nueva York dedicado exclusivamente al arte contemporáneo y reabrió después de permanecer cerrado poco más de dos años. A su edificio original, diseñado por el estudio japonés SANAA,

se sumó una nueva construcción de OMA, proyectada por Shohei Shigematsu y Rem Koolhaas. Para inaugurar esta etapa presentó una muestra monumental, que puede entenderse como un ensayo visual sobre el transhumanismo y el posthumanismo. 

La exhibición reúne obras de más de 200 creadores internacionales —artistas, escritores, científicos, arquitectos y cineastas—, desde figuras canónicas como Max Ernst, Jean Dubuffet y Nam June Paik hasta nuevas voces como Cato Ouyang, Pol Taburet y Precious Okoyomon. En conjunto, nos invita a redefinir qué entendemos por humanidad y explora nuevas formas de vida, cuerpos transformados, identidades y géneros en escenarios distópicos, nuestra relación con la inteligencia artificial y las ciudades del mañana. 

Este monumental “show” está organizado en grandes núcleos temáticos centrados en la intersección entre la tecnología, el arte y la humanidad, entre ellos “Dioses protésicos”, “Mujeres automáticas”, “Homúnculo”, “Leviatanes”, “Máquinas de sueños” y “Ballets mecánicos”. 

El pasado que inventa el futuro 

Los curadores Massimiliano Gioni y Gary Carrion-Murayari unen pasado y presente en una “historia diagonal”: así, Duchamp, Dubuffet y Dalí dialogan con creadores contemporáneos. 

Frente a guerras, crisis y pandemias, el ser humano lleva más de un siglo buscando reinventarse y dar a luz a un “hombre nuevo”, aunque déjenme ser un poco escéptico sobre los resultados.

Niño geopolítico observando el nacimiento del hombre Nuevo – Salvador Dalí – 1943

Un ejemplo paradigmático de esa búsqueda es la obra Niño geopolítico observando el nacimiento del hombre nuevo, de Salvador Dalí, pintado en 1943, en plena Segunda Guerra Mundial. Una figura lucha por emerger de un globo terráqueo con forma de huevo, mientras una mujer y un niño contemplan la escena. Dalí transmutó la angustia y los horrores de su época en una imagen de gestación y transformación que, más de ochenta años después, conserva una inquietante vigencia. 

Saberes ancestrales contra la crisis 

En un mundo dominado por la tecnología y las formas occidentales de conocimiento, me pareció un gran acierto incluir las cosmovisiones de artistas indígenas de la Amazonía como Jaider Esbell y Santiago Yahuarcani. Sus maneras de comprender el mundo, durante mucho tiempo catalogadas como “primitivas”, adquieren hoy relevancia y urgencia frente al desastre ecológico.

El arte indígena nos ofrece una visión cíclica y espiritual del tiempo, contrapuesta a los ritmos acelerados de la vida moderna. Las vibrantes pinturas de Esbell muestran a la humanidad entrelazada con la naturaleza y los mitos, y contrastan con nuestra incapacidad para escuchar y respetar los ritmos de la Tierra y la memoria ancestral del bosque. 

Santiago Yahuarcani, Sequía en el río Amazonas II, 2024 – Cortesía New Museum

La monumental obra Sequía en el río Amazonas II, de Yahuarcani, es una poderosa denuncia. Pintada sobre llanchama —una tela elaborada a partir de la corteza de árboles amazónicos—, revela la devastación de la selva como una herida ecológica y espiritual que afecta por igual a humanos, animales y deidades. Frente a una aceleradísima producción capitalista que no se detiene ante la destrucción, estas obras nos invitan a redescubrir antiguas formas de coexistencia con el planeta. Creo firmemente que en esa desaceleración y en el respeto por la naturaleza se encuentran algunas claves importantes hacia la sanación y el nacimiento de un nuevo hombre. 

Cuerpos híbridos en la era cyborg 

La exhibición incluye obras donde el cuerpo humano se hibrida con la tecnología. Prótesis, implantes, órganos artificiales y tecnologías integradas al cuerpo diluyen la frontera entre lo biológico y lo tecnológico. Hoy llevamos en el celular una extensión de nuestra memoria y parte denuestra identidad. Quizás pronto deje de estar en nuestras manos y se incorpore al organismo mediante un chip.

Cyborg W7, Lee Bul – 2000 – Silicona, relleno de poliuretano, pigmento – Cortesía Museo de Arte Amorepacific, Seúl, Corea del Sur

Cyborg W7 (2000) es una icónica escultura colgante de la artista surcoreana Lee Bul: un torso femenino de silicona, sin cabeza ni extremidades completas, a medio camino entre una armadura futurista y una prótesis orgánica. En la sala, dialoga con las distorsiones carnales de Francis Bacon, el universo biomecánico de H. R. Giger —responsable del diseño de la criatura de Alien— y las inquietantes esculturas de Pamela Rosenkranz. 

Anicka Yi propone un enfoque distinto sobre lo posthumano. Sus asombrosas esculturas flotantes, llenas de helio e inspiradas en medusas y otras formas orgánicas, se mueven autónomamente por el museo guiadas por rotores, cámaras térmicas y algoritmos de vida artificial. Detectan el calor, el olor y la presencia de los visitantes e interactúan con ellos de maneras a veces perceptibles y otras casi imperceptibles. 

Lee Bul y Anicka Yi imaginan dos futuros posibles: uno marcado por la transformación del cuerpo humano y otro por la convivencia con nuevas formas de vida artificial, organismos híbridos que parecen respirar y cohabitan nuestro espacio. Si las máquinas del futuro van a ser biológicas, ¿qué nos quedará para diferenciarnos de ellas? 

¿Quién programa a quién? 

En una de las grandes paradojas contemporáneas, los sistemas informáticos nos exigen demostrar que somos humanos. “¿Eres un robot?”, preguntan los programas mientras nos piden señalar semáforos, bicicletas o hidrantes en una cuadrícula para permitirnos el acceso y de paso, ayudarlos gratuitamente a entrenarlos. A veces hasta empiezo a dudar de qué lado de la pantalla está el robot. 

El factor humano que alimenta la maquinaria digital aparece en las obras de Stephanie Dinkins y Hito Steyerl. Dinkins trabaja mano a mano con BINA48 —un robot humanoide animatrónico— para explorar los sesgos de raza, género y memoria presentes en los algoritmos, y preguntarse qué voces e historias quedan excluidas del futuro digital. 

En Mechanical Kurds (2025), la alemana Hito Steyerl —artista, cineasta y teórica— actualiza el engaño del célebre “Turco Mecánico”, aquel falso autómata de ajedrez que ocultaba a una persona en su interior. La videoinstalación muestra a refugiados kurdo-sirios en Irak etiquetando imágenes para entrenar sistemas de reconocimiento visual, y vincula ese trabajo con Amazon Mechanical Turk y el uso militar de drones. 

Detrás de la aparente autonomía de la IA sigue existiendo una maquinaria humana vulnerable, precaria e invisible. ¿Somos conscientes de las desigualdades sobre las que se construye nuestro futuro digital? 

La ciudad del futuro 

Bodys Isek Kingelez – Ville Fantôme

Bodys Isek Kingelez imaginó un futuro optimista. Desde Kinshasa, Capital de la República Democrática del Congo, creó metrópolis imposibles y coloridas arquitecturas de paz y armonía. 

Construía esas “maquetas extremas” con cartón, envases, latas, sorbetes y papeles de colores. En la muestra, obras como Aéromode y Ville Fantôme están entre las que más me gustaron de toda la exhibición. En sus manos, la basura de Kinshasa se transformó en rascacielos conmovedores: la prueba de que todavía puede imaginarse un mañana mejor e hipertecnológico, incluso desde la periferia, cuando todo alrededor parece desmoronarse. 

¿Progresar hacia dónde? 

Confieso que tengo algo de ludita. Así fueron llamados los trabajadores textiles ingleses que, a comienzos del siglo XIX, se rebelaron contra las máquinas que amenazaban sus oficios y que hoy nombra a quienes desconfían del avance tecnológico. En mi caso, no rechazo la tecnología ni sus beneficios; de hecho, para preparar esta columna confieso que me ayudé con sistemas de IA. Pero desconfío de que todo “avance” implique necesariamente un progreso para la humanidad. 

Durante siglos, el arte, el teatro y la poesía no necesitaron inteligencia artificial para emocionarnos, hacernos pensar o cambiar nuestra mirada. Tal vez el futuro no esté solo en Silicon Valley, Tesla o los robots, sino también en los libros antiguos, las obras clásicas y hasta en el arte y los saberes ancestrales de los pueblos indígenas. 

El arte no está solamente para ofrecernos certezas. Está para incomodarnos, abrirnos la cabeza y mostrarnos, a través de imágenes, aquello que todavía no sabemos —o no queremos— pensar. 

Avanzar también puede significar detenernos, escuchar y aprender a no destruir. ¿Será demasiado tarde?

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