El domingo 19 de julio, en el MetLife Stadium, se jugó la final del vigésimo tercer campeonato mundial de fútbol o, como todos lo conocemos, el omnipresente mundial.
Chau Mundial: Crónica de un vacío inevitable
Por florencia sader
Chau Mundial: Crónica de un vacío inevitable
El domingo 19 de julio, en el MetLife Stadium, se jugó la final del vigésimo tercer campeonato mundial de fútbol o, como todos lo conocemos, el omnipresente mundial. Fueron 104 partidos con 48 selecciones. Aunque, para los neófitos que nos prestamos a este jueguito cada cuatro años, parecen ser menos; nos enganchamos cuando la cosa está avanzada y van quedando pocas en el tablero.
¡Cuántas ilusiones, juntadas para ver los partidos, directores técnicos frustrados, cuánto nacionalismo, hinchas alentando… cuánto exceso!
Confieso que por años logré desentenderme de “la fiebre mundialista”. Había desarrollado mecanismos para mantenerme inmune a esta locura colectiva que se apodera del mundo, pero con los años fui perdiendo la inmunidad y hoy me entrego gustosa. Veo los partidos en los que juega mi país y los de naciones con las cuales simpatizo: opino sin tener ni idea, me junto con amigos, voy a bares y hasta nerviosa me pongo… cuando en los más de 40 meses restantes en los que no hay mundial, ni loca me agarras viendo un partido de fútbol.
Es inevitable que nos quede una sensación de vacío cuando se termina este circo. Mi feed en las redes sociales todavía se resiste a su fin. Estoy segura de que voy a extrañar las andanzas de la FIFA y las teorías conspiranoicas, la entrañable historia del arquero de Cabo Verde, Vozinha, las miles de fotos y videos del increíblemente sexy mediocampista inglés Jude Bellingham, los hábitos saludables del simpático vikingo Erling Haaland. Al que no creo que extrañe tanto es a Messi, ya que sospecho que tuve una sobredosis de este último.
Y ahora, en Punta del Este: ¿qué nos queda? Un resto de julio, mes frío, gris y húmedo, en el que literalmente “nos queremos morir”, como dice Charly. Las juntadas ya requieren de voluntad porque hace frío y no tenemos los partidos como pretexto. El invierno del cono sur, instalado cómodamente, nos pone a prueba con días en los que el sol brilla por su ausencia, la fina garúa hace que nuestro pelo se erice con un frizz y nos parezcamos a Cucurella, y la macabra sensación térmica hace que no nos saquemos ni locos la ropa que nos hace parecer a todos los ositos cariñositos. O sea, un panorama bastante desolador.
Por mi parte, a pesar del accidentado paso de nuestra selección, disfruté este Mundial 2026. El desafiante invierno esteño se pasa mucho mejor si uno se relaja y se engancha en la locura mundialista. ¡Ánimo, muchachos, que faltan apenas 1417 días para el que viene!

















