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El Acelerón

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En estas semanas que preceden al verano, cuando el aire ya huele a sal y a promesa, uno percibe con enorme claridad ese movimiento colectivo que muchos llamamos “el acelerón”

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Reconocido proyectista y comunicador regional, aporta una perspectiva humana y optimista sobre los temas más relevantes para nuestra comunidad.
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EL ACELERÓN

Hay un momento del año —siempre el mismo— en que nuestra región parece meter un cambio más, aprieta los dientes y clava el acelerador a fondo justo cuando la curva se acerca al barranco. En estas semanas que preceden al verano, cuando el aire ya huele a sal y a promesa, uno percibe con enorme claridad ese movimiento colectivo que muchos llamamos “el acelerón”.

Es una coreografía particular. Las empresas contratan a pleno mientras afilan números y pronósticos; los restaurantes prueban platos nuevos mientras los compradores renegocian precios y cantidades; en los hoteles se estrenan sábanas, se repasan colchones y los edificios pintan hasta las líneas del estacionamiento. Vuelven a encenderse los semáforos. Se repletan las ferreterías. Los operarios completan un mundo de tareas: lijan, pintan, limpian y corrigen mil detalles que deben estar listos para que todo se sienta bien hecho. Los viveros llevan arbustos y flores como asombrados pasajeros que se agitan apretados en la caja de atrás.

Hay un pulso común, una respiración agitada, una urgencia que empuja a todos por igual. Y este año, además, el verano llega con una promesa grande: coyunturas internacionales que nos favorecen y miles de visitantes que nos eligen como destino seguro y amable. El viento, parece, sopla a favor.

Los uruguayos, que llevamos décadas atravesando temporadas excelentes, buenas y también de las otras, conocemos muy bien ese apuro ancestral. Sabemos que nada está ganado y que la única manera de enfrentar los nervios es trabajar mezclando concentración, conocimiento, orgullo y esa terquedad un poco artesanal que distingue a quienes viven del turismo aquí.

En este baile, con la música que suena en el Este, no hay ensayo general. Todo sucede en vivo, a veces frente a los primeros espectadores, y no existe la posibilidad de marchar atrás ni de detenernos demasiado a reflexionar. Llegó el tiempo de la acción.

Conviene recordarlo ahora, cuando el acelerón nos tenga irascibles, somnolientos y exigidos. No perdamos el cariño, la atención ni la pasión. Procedamos y conduzcamos con paciencia, precaución y tolerancia, manteniendo la elegancia que exige convivir con todos los otros que, al igual que uno, también están corriendo contra el reloj.

Conservemos pulso y palabra calmos, aunque la presión aumente, lleguen malas noticias y parezca que con algo no se llega. Seamos creativos y busquemos soluciones. Porque lo hermoso —y lo sabio— de esta historia es que, aunque cada temporada da la impresión de que todo sucede por primera vez, en realidad ya la hemos vivido mil veces. Y siempre, pese a las tensiones y los trasnoches, ayudando todos un poquito, las cosas terminan llegando a buen puerto.

Los visitantes arribarán, el sol brillará, el mar les refrescará, cientos de miles lo pasarán precioso y se llevarán millones de buenos recuerdos.

Y la gigantesca rueda nacional de todas nuestras actividades —tozuda, imperfecta, humana— habrá dado una vueltita más.



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