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Crecer sin ser observado

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“Quizás la libertad más urgente hoy sea la de crecer sin ser observado”

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Redes Sociales

Crecer sin ser observado

Me quedó grabada una frase que se repetía a menudo en los pasillo del Folketing danés, mientras los legisladores discutían la nueva era digital: “Quizás la libertad más urgente hoy sea la de crecer sin ser observado”. Dinamarca, ese país que suele moverse sin estridencias, acaba de encender un debate mundial con una claridad casi incómoda: prohibirá el acceso total a redes sociales a cualquier menor de 15 años, permitiendo únicamente un uso limitado entre los 13 y 14, siempre y cuando exista autorización parental y una evaluación formal.

No es un borrador. Es un plan nacional con acuerdo político, solo pendiente de convertirse en ley. El corazón de la estrategia está en un sistema de verificación de edad integrado al robusto ID digital danés. Lo que significa, en términos simples, que plataformas como TikTok, Instagram, Snapchat y YouTube no podrán seguir apelando a “falta de control” como excusa.

Dinamarca quiere cortar de raíz un problema que dejó de ser invisible: el deterioro emocional de los menores expuestos al vértigo infinito de la comparación social. Los estudios del Instituto Nacional de Salud Mental escandinavo alertan sobre un aumento del 40% en síntomas de ansiedad en niñas entre 10 y 14 años desde 2021. El gobierno no dudó: “proteger la infancia pesa más que cualquier algoritmo”.

Y mientras Europa mira atónita, al otro lado del mundo Australia eligió acelerar. 

Australia sube la apuesta: prohibición total para menores de 16

En Canberra, el tono fue menos diplomático. El primer ministro Anthony Albanese defendió la iniciativa con la convicción de quien sabe que pisa terreno minado: a partir del 10 de diciembre de 2025, ninguna persona menor de 16 años podrá usar redes sociales en territorio australiano.

Las plataformas incluidas —TikTok, Instagram, Snapchat, YouTube, X, Reddit— deberán aplicar verificaciones de edad robustas. ¿El costo de incumplir? Hasta 50 millones de dólares australianos en multas. Un mensaje claro para las Big Tech: la adolescencia no es un campo de prueba para modelos de negocio.

Meta ya se adelantó. Desde el 4 de diciembre comenzó a eliminar las cuentas australianas de usuarios entre 13 y 15 años. Notificaciones frías, quirúrgicas: “Pronto no podrás usar Facebook y tu perfil no será visible para ti o para otros”. Según cifras oficiales, se trata de 350.000 usuarios de Instagram y más de 150.000 de Facebook.

Las redes sociales calificaron la ley como “vaga” y “apresurada”, pero la discusión ya trascendió la letra chica: ¿qué significa desconectar a un adolescente de sus espacios digitales? ¿Es una amputación social o un rescate psicológico?

 El eco en Nueva Zelanda y Países Bajos: el contagio regulatorio

En Wellington, la parlamentaria Catherine Wedd presentó un proyecto de ley inspirado en el modelo australiano: prohibir el acceso a redes a menores de 16 años, con verificación obligatoria. El Parlamento seleccionó la propuesta para discusión prioritaria, un gesto político que revela que la ola regulatoria ya no es marginal: es tendencia.

Países Bajos avanza en la misma dirección. Europa, que en estos años se enfocó en privacidad y competencia, empieza ahora a mirar el bienestar digital infantil con otra lente: la del daño emocional acumulado.

Se abre un nuevo tablero global donde la libertad de expresión coexiste —a veces con fricción— con el derecho a no quedar atrapado en una economía de la atención diseñada para adultos.

 Estados Unidos y la revolución silenciosa del aula: “From bell to bell, there is no cell”

Mientras los gobiernos discuten prohibiciones, las escuelas estadounidenses vienen experimentando su propio laboratorio social. He pasado los últimos dos años dentro de centros educativos en Washington State, observando clases que recuperaron algo tan simple y tan subversivo como la atención.

Leí que un docente americano comento hace unos meses: “No soy más entretenida que los gatos virales, pero sí soy más interesante que la nada. Cuando sacamos los teléfonos del aula, volvió la conversación.”

Lo comprobé. Desde 2024, varias escuelas aplicaron políticas estrictas: prohibición total de celulares “de campana a campana”, almacenamiento centralizado, sanciones claras. El resultado fue inmediato: más participación, más diálogo, menos ansiedad. Volvió un tipo de silencio que no era aburrimiento, sino concentración.

Una encuesta reciente a 300 docentes reveló un patrón contundente: cuando se aplica la norma de manera consistente, el clima escolar mejora; cuando se afloja, el aula se derrumba.

Los obstáculos persisten: falta de apoyo administrativo, padres que protestan, estudiantes que sienten el “síndrome de abstinencia digital”. Pero el consenso es estable: los teléfonos están erosionando los cimientos pedagógicos.

El debate ya no es pedagógico. Es cultural.

 Un nuevo mapa geopolítico de la infancia digital

Dinamarca, Australia, Nueva Zelanda, Países Bajos, varios estados de EE.UU. y un coro creciente de psicólogos infantiles están trazando una conclusión incómoda: las redes sociales pueden seguir existiendo, pero tal vez no para todos.

Latinoamérica observa con atención. Brasil ya aprobó un “ECA Digital” que entrará en vigor en 2026. Colombia y Chile avanzan con proyectos de verificación de edad. Uruguay, más cauteloso, centra sus esfuerzos en estrategias de ciudadanía digital, delitos como el grooming y regulación de protección de datos, pero aún sin una ley dura sobre redes y menores. Es un campo donde tarde o temprano tocará decidir.

Nos enfrentamos, quizás, a la primera gran renegociación intergeneracional del siglo XXI: quién protege a quién y quién pone los límites. Porque si el algoritmo es más rápido y más persuasivo que cualquier adulto, la pregunta ya no es si regular, sino cómo hacerlo sin sacrificar derechos fundamentales.

Hoy, mientras los parlamentos del mundo discuten cómo contener un ecosistema digital diseñado para capturar atención y alterar conductas, el reloj corre más rápido que las leyes. Nada indica que esta ola regulatoria vaya a frenarse. De hecho, todo señala lo contrario: entramos en una década donde la salud mental, la privacidad y el derecho a la desconexión serán el nuevo territorio de disputa. Y aunque cada país trace su propio camino, la tendencia es clara: el péndulo comenzó a moverse, y lo que está en juego no es la tecnología, sino la forma en que crecerá la próxima generación.


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