Es innegable que el llamado «turismo de fe» moviliza a millones de personas. Según estimaciones de ONU Turismo y la Red Mundial de Turismo Religioso, actualmente se trasladan por el planeta hasta 400 millones de peregrinos anuales hacia distintos santuarios.
Historia de un milagro desaprovechado
Por florencia sader
Historia de un milagro desaprovechado
Dicen que la fe mueve montañas, pero también mueve turistas…
Es innegable que el llamado «turismo de fe» moviliza a millones de personas. Según estimaciones de ONU Turismo y la Red Mundial de Turismo Religioso, actualmente se trasladan por el planeta hasta 400 millones de peregrinos anuales hacia distintos santuarios. A nivel internacional, las peregrinaciones constituyen uno de los motores comerciales más estables, antiguos y anticíclicos del planeta. El ejemplo más contundente a nivel global es la Basílica de Guadalupe en Ciudad de México, el sitio católico más visitado del mundo, capaz de convocar a más de 20 millones de personas al año.
Sin ir muy lejos, a nivel nacional cabe destacar el impacto de la festividad de San Cono en el departamento de Florida. Considerada el motor económico y turístico más importante del año para esa región, la celebración convoca a unos 50,000 visitantes que agotan las plazas hoteleras, gastronómicas y de transporte en cuestión de horas. Esta inyección de capital dinamiza directamente la economía local mediante una gigantesca feria callejera y eventos masivos —como las tradicionales carreras en el Hipódromo Irineo Leguisamo— transformando la devoción en empleo y consumo genuino. Tal es la magnitud del acontecimiento que cada 3 de junio ha sido declarado feriado a nivel departamental.
Mientras tanto, Punta del Este esconde un verdadero milagro desaprovechado en términos de desarrollo y promoción. En octubre de 2016, un violento ciclón arrancó de su ermita en la playa El Emir a la histórica imagen de la Virgen de la Candelaria, patrona de nuestra ciudad. Contra todo pronóstico, el océano la devolvió a la costa días después. Este curioso suceso, dotado de un enorme potencial para integrarse al circuito del turismo religioso, permanece hoy casi en el olvido, reducido a una simple anécdota local destinada a desgastarse con los años.
Viendo las cifras internacionales y el ejemplo de Florida, cabe preguntarse si nuestra santa patrona no nos estará enviando una señal clara para despabilar la inventiva local. Además de la clásica celebración del 2 de febrero —con su misa tradicional en la Parroquia de la Candelaria y la pintoresca procesión náutica por la bahía—, ¿no sería perfectamente viable incorporar a nuestro calendario este acontecimiento acaecido hace ya una década? Generar un nuevo hito de convocatoria en torno a la ermita de El Emir no solo enriquecería nuestro patrimonio cultural, sino que abriría una veta turística alternativa para una ciudad balnearia siempre en busca de romper la estacionalidad y diversificar sus atractivos.
















