La artista que convirtió sus abismos en arte, sus lunares en lenguaje y su vida en una obra universal.
Yayoi Kusama
Por Marcelo Rozemblum
YAYOI KUSAMA: DEL ABISMO AL INFINITO
Frida Kahlo, Andy Warhol, Salvador Dalí o Pablo Picasso habitan ese Olimpo reservado a pocos elegidos: artistas que no solo revolucionaron su disciplina, sino que trascendieron el ámbito del mundo del arte para transformarse en verdaderos íconos de la cultura popular global. Figuras cuya imagen, personalidad e incluso biografía forman parte inseparable de su obra. A este selecto club de artistas inmortales se suma ahora Yayoi Kusama, recientemente fallecida en Tokio a los 97 años.
Si su vida fuera el argumento de una novela o película, muchos creerían que es una ficción. Kusama atravesó y sobrevivió el rechazo, la enfermedad y el olvido, haciendo del arte su refugio, su razón para seguir viviendo.
Esta columna quiere rendir homenaje a una artista excepcional que convirtió sus traumas en un lenguaje visual único, cuya obstinación y tenacidad por seguir creando y levantarse frente a la adversidad puede inspirarnos también a nosotros.
Una infancia entre flores, espinas y alucinaciones
La historia comienza en Matsumoto, Japón, en 1929. Kusama nació en una familia acomodada, propietaria de un próspero negocio de plantas y semillas, pero profundamente disfuncional.
Su padre, sumamente mujeriego, mantenía numerosas relaciones extramatrimoniales y, según relató Kusama, su madre la enviaba a espiar con sus amantes para descargar luego su ira en la pequeña. Mientras la sometía a abusos emocionales y físicos, quería prepararla para el destino que consideraba apropiado para una joven de su condición: casarse y formar una familia.
Desde muy chica Yayoi sintió una fuerte vocación por el arte, ante la férrea oposición de su madre, que llegó a destruir sus dibujos y pinturas. Alrededor de los diez años comenzó a experimentar inquietantes alucinaciones: flores que parecían hablarle, campos de puntos y redes que se repetían hasta cubrirlo todo, amenazando con devorarla. Kusama comenzó a dibujar y pintar aquellas visiones compulsivamente. “Al reproducir de forma continua las formas de las cosas que me aterrorizan, consigo reprimir el miedo”, dijo.
Una carta que cambió su vida
En 1955, fascinada por Georgia O’Keeffe, Kusama tuvo la audacia de escribirle y enviarle reproducciones de sus acuarelas, pidiéndole consejo para abrirse camino en Estados Unidos.
Para su sorpresa, O’Keeffe respondió y la animó a mostrar su trabajo. Aquella carta le dio el impulso que necesitaba. Antes de partir destruyó miles de sus primeras obras, como si quisiera borrar el pasado para comenzar otra vida. En 1957 dejó Japón; pasó por Seattle y al año siguiente llegó a Nueva York.
Llevaba pocas cosas, pero una convicción desmesurada: iba a conquistar Nueva York.
Nueva York: mujer, japonesa y artista
Los primeros años fueron durísimos. Sin recursos ni contactos, Kusama debió abrirse paso en un entorno ferozmente competitivo y machista, un mundo dominado por hombres hostil a una joven artista japonesa y desconocida.
Era un Nueva York todavía bajo la enorme influencia del Expresionismo Abstracto. Pollock había muerto apenas dos años antes, pero seguía proyectando la sombra de una generación dominada por figuras masculinas como Willem de Kooning, Mark Rothko y Barnett Newman: artistas convertidos casi en héroes culturales, en una escena marcada por el gesto, la monumentalidad y cierta mitología de la masculinidad.
Al mismo tiempo comenzaban a abrirse paso figuras como Andy Warhol y las nuevas sensibilidades que pronto darían forma al pop art.
Kusama logró hacerse un lugar con enorme esfuerzo y coraje. Sus enormes Infinity Nets, superficies cubiertas obsesivamente por pequeñas redes que parecían continuar más allá del lienzo, comenzaron a llamar la atención. Y pronto aquella repetición saltó de la pintura al espacio.
En 1963 presentó Aggregation: One Thousand Boats Show: un bote cubierto por centenares de protuberancias fálicas de tela, rodeado por 999 reproducciones fotográficas de la embarcación. Un bote repleto de penes, podríamos decir.
No era solo provocación. Kusama reconocía sentir miedo y aversión hacia el sexo. Una vez más convertía aquello que la perturbaba en materia artística.
Amor, sexo, orgías y revolución
Resulta paradójico que una mujer que confesaba miedo al sexo se convirtiera en una de las figuras más sexualmente provocadoras del Nueva York de los sesenta.
Por aquellos años mantuvo una intensa relación platónica con el artista Joseph Cornell, 26 años mayor. Él le escribía, la dibujaba y la ayudó económicamente. Permanecieron estrechamente unidos durante casi una década, hasta la muerte de Cornell en 1972.
Mientras su vida íntima era casi ascética, su obra se volvía explosiva.
A finales de los sesenta organizó happenings, protestas contra la guerra de Vietnam y las llamadas “orgías artísticas”, con cuerpos desnudos cubiertos de lunares, muchas veces interrumpidas por la policía.
En 1968 llegó incluso a organizar y oficiar una “boda homosexual” entre dos hombres vestidos dentro de un mismo traje nupcial diseñado por ella, cuando el matrimonio igualitario parecía una utopía.
Al año siguiente llevó la provocación al propio MoMA: sin autorización organizó en su jardín de esculturas la Grand Orgy to Awaken the Dead at MoMA, con participantes desnudos interactuando con las obras. El impacto de este escándalo resonó en todo Nueva York y terminó en la portada del Daily News.
Kusama había comprendido muy pronto que el artista podía convertir su cuerpo, su personaje y los medios de comunicación en parte de la obra.
«Si no fuera por el arte, me habría suicidado hace mucho tiempo»
Detrás de aquella energía pública había una enorme fragilidad.
Tras la muerte de Cornell, su pareja, sus problemas psicológicos se agravaron: sufrió crisis nerviosas, ataques de pánico e intentos de suicidio. En 1973 regresó definitivamente a Japón, donde encontró incomprensión, dificultades económicas y una profunda depresión.
En 1977 decidió internarse voluntariamente en un hospital psiquiátrico de Tokio. Lejos de significar el final de su carrera, aquella decisión le permitió continuar.
Durante décadas, hasta su muerte, salía cada mañana de la clínica, caminaba hasta su estudio cercano, trabajaba durante horas y regresaba luego al hospital.
El arte, diría años después, le había salvado la vida.
Sus alucinaciones producían los puntos y las redes; su miedo al sexo, falos de tela; su sensación de desaparición, espacios infinitos. Aquello que podía destruirla se convertía, una y otra vez, en obra.
Venecia: de intrusa a representante de Japón
En 1966 Kusama llegó a la Bienal de Venecia sin haber sido seleccionada oficialmente e instaló sobre el césped del Giardini unas 1.500 esferas plateadas y espejadas. La obra se titulaba Narcissus Garden.
Vestida con un kimono dorado y bajo un cartel que decía “Your Narcissism for Sale” —“Su narcisismo en venta”— comenzó a ofrecer cada esfera por unas 1.200 liras, aproximadamente dos dólares. Los organizadores pronto la obligaron a detener la venta.
Veintisiete años después, en 1993, regresó a la Bienal. Esta vez no tuvo que colarse: Japón la eligió oficialmente para representar al país en su pabellón nacional.
La intrusa pasó a ser delegada oficial.
Primero tuvo que inventarse su propio lugar; décadas después, el sistema terminó abriéndole las puertas.
Del olvido al fenómeno de masas
Tras años de relativo olvido, las retrospectivas de finales de los ochenta y su regreso a Venecia reconstruyeron su lugar en la historia del arte, convirtiendo una artista marginal en un fenómeno de masas.
En 2013, el MALBA de Buenos Aires presentó la primera gran retrospectiva latinoamericana de Kusama, con 206.000 visitantes. En 2014, la muestra convocó a 522.000 personas en São Paulo. Su consagración también llegó al mercado: en 2022, una Infinity Net de 1959 se vendió por 10,5 millones de dólares.
Kusama ya había escapado de los límites del mundo del arte para convertirse en fenómeno global.
Cuando los lunares conquistaron la moda
Su estética penetró también en la cultura popular. En 2012 Louis Vuitton lanzó una colaboración con Kusama que llevó sus lunares a carteras, zapatos, vestidos, escaparates y tiendas de todo el mundo.
En 2023 volvieron a asociarse en una campaña aún más espectacular: puntos y gigantescas figuras de la artista cubrieron fachadas de algunas de las principales tiendas del planeta.
Difícil imaginar una revancha más contundente para aquella niña cuya propia madre intentaba impedirle pintar. Los puntos terminaron cubriendo el mundo.
La conquista del infinito
Sus calabazas monumentales y, especialmente, sus célebres Infinity Mirror Rooms terminaron de convertirla en un icono global.
Pero reducir esas habitaciones a espectaculares escenarios para Instagram sería quedarse en la superficie. En esos espacios donde luces, puntos y reflejos se multiplican hasta borrar cualquier límite, Kusama desarrolló una idea presente en toda su obra: la autoobliteración, la desaparición momentánea del yo, la sensación de dejar de ser una entidad aislada para fundirse con algo infinitamente mayor.
La niña que veía puntos invadir las paredes y temía ser devorada por ellos terminó construyendo habitaciones a las que millones de personas hicieron fila para entrar.
Transformó aquello que la atormentaba en aquello que la hizo universal.
Yayoi Kusama hizo del arte un refugio para sobrevivir y, desde ese refugio, terminó conquistando el planeta.
Nos queda su obra y su vida como el recordatorio definitivo de que la única forma de salvarnos de nuestros propios abismos es transformándolos en arte, en belleza; un legado que nos sirve como espejo nítido donde mirar nuestras inseguridades, un faro estético y una fuente inagotable de inspiración para nuestras propias búsquedas, para nuestra vida.
















