Juan construyó su patrimonio durante cuarenta años. Lo que nunca imaginó es lo que iba a pasar cuando quiso hacer algo bueno con parte de ese dinero.
Herramientas alternativas para el arte de la generosidad discreta
Por Vale D’allesandro
| TAX INSIGHT |
DAR SIN EXPLICAR
HERRAMIENTAS ALTERNATIVAS PARA EL ARTE DE LA GENEROSIDAD DISCRETA
Por Valeria D’Alessandro
Juan construyó su patrimonio durante cuarenta años. Empresas, inversiones, propiedades en varios países. Cuando llegó el momento de ordenar todo, armó un trust irrevocable con buenos asesores, documentación impecable y una estructura pensada para proteger a su familia por generaciones.
Lo que nunca imaginó es lo que iba a pasar cuando quiso hacer algo bueno con parte de ese dinero.
La universidad donde estudió en los años setenta lanzó una campaña de donaciones para construir un nuevo laboratorio. Juan quiso aportar. Le encantaba la idea de que su nombre figurara en algo que durase. El área de desarrollo institucional le agradeció el interés y le envió un formulario. Necesitaban el balance auditado del trust de los últimos tres años, las actas del comité de distribución, una carta del trustee confirmando el origen lícito de los fondos y, si era posible, la lista de beneficiarios actuales.
Juan cerró el formulario y no volvió a abrirlo.
Pocas semanas después, su esposa quiso hacer algo similar con el museo de arte de su ciudad natal. Misma historia. Distintos formularios. Igual cantidad de documentación sensible requerida.
El problema que pocos anticipan
Un trust bien armado es una de las estructuras más eficientes para proteger y transferir patrimonio. Pero no fue diseñado para ser una billetera de uso diario ni para relacionarse fluidamente con el mundo exterior. Cuando alguien quiere donar desde un trust, la institución receptora —que tiene sus propios deberes de compliance— necesita entender quién está detrás, de dónde vienen los fondos y quién aprueba la decisión. Eso implica abrir información que, por buenas razones, se prefiere mantener reservada.
El mismo problema aparece con la familia ampliada. Sobrinos, amigos cercanos, personas queridas que no son beneficiarios directos. En muchos países, recibir distribuciones de un trust extranjero puede generar consecuencias fiscales complejas o simplemente incómodas. Nadie quiere complicarle la vida a alguien a quien está tratando de ayudar.
Posibles esquemas
La respuesta tiene un nombre que suena más institucional de lo que realmente es: la fundación de interés privado. Existe en distintas formas en Liechtenstein, Panamá, Curazao, Wyoming y otras jurisdicciones. A diferencia del trust, una fundación tiene personalidad jurídica propia. Puede abrir cuentas bancarias, recibir y enviar fondos, firmar contratos y relacionarse con universidades, museos o causas sociales como un actor independiente. Cuando la institución pide documentación, la fundación entrega sus propios estados contables, sin revelar el patrimonio personal de quien la fundó.
La lógica es simple: se separa el patrimonio familiar del instrumento destinado a dar. Los fondos pensados para donaciones o ayuda a personas cercanas se transfieren a la fundación. A partir de ahí, es ella quien dona. El fundador puede participar en las decisiones sin que su nombre ni su patrimonio aparezcan en cada transacción.
Para la familia ampliada el mecanismo es igualmente limpio. En lugar de convertir a esas personas en beneficiarios de un trust —con todo lo que eso puede implicar fiscalmente—, la fundación les hace directamente una donación o un aporte. Algo puntual, acotado, sin generar una relación jurídica permanente.
Cuando Juan entendió que existía esta alternativa, lo primero que dijo fue que ojalá lo hubiera sabido antes. Con el asesoramiento adecuado, constituyó una fundación y destinó a ella los fondos que tenía pensados para donaciones. A partir de entonces pudo dar con más comodidad y continuidad, sin tener que revelar la estructura familiar completa. La universidad recibió su aporte. El museo también. Y un sobrino que atravesaba un momento difícil recibió una ayuda simple, sin papeles complicados ni consecuencias fiscales no deseadas.
La fundación entregó su propia documentación. Nadie necesitó ver el balance del trust ni conocer el resto del patrimonio.
Dar bien es también una forma de planificación. La generosidad no debería ser un trámite ni requerir abrir información que se construyó durante años para mantener protegida. Existen instrumentos diseñados precisamente para eso: para que quien quiere contribuir pueda hacerlo con la misma elegancia y discreción con la que construyó lo que tiene.
Porque el legado no es solo lo que se deja a la familia. Es también lo que se elige dar, a quién y cómo. Y esa decisión merece la misma planificación que todo lo demás.

















