Tras décadas de relegamiento, el arte indígena irrumpe con fuerza arrolladora en el corazón del circuito de arte contemporáneo internacional.
Por Marcelo Rozemblum
El arte indígena conquista el mundo y aterriza en Uruguay
Tras décadas de relegamiento, el arte indígena irrumpe con fuerza arrolladora en el corazón del circuito de arte contemporáneo internacional.
Su potencia no es solo estética: propone otras formas de pensar, de habitar y hasta de sanar un mundo en crisis.
Del vasto Desierto Occidental australiano a la exuberante Amazonía, de Ghana a Colorado Springs (Estados Unidos), de Tucumán a Venecia y de Montevideo a José Ignacio, los invito a recorrer los singulares caminos de un arte originario donde conviven lo ancestral y lo contemporáneo.
El Ascenso del Arte Indígena al mainstream global
Durante siglos, la historia del arte se escribió desde una mirada occidental, blanca y europea: una línea recta de estilos y vanguardias —del impresionismo al surrealismo, pasando por el cubismo, el futurismo y el dadaísmo— en la que las expresiones artísticas indígenas fueron ignoradas o relegadas a la categoría de “folklore” o “artesanía”.
Sin embargo, en los últimos tiempos, el arte indígena se ha revalorizado en todo el mundo, pasando de la periferia al centro.
Los artistas indígenas contemporáneos ya no están confinados a museos etnográficos o nichos académicos: ocupan el centro del arte global: exponen en Nueva York, Berlín, São Paulo y París; participan en la Bienal de Venecia; venden en Art Basel o Frieze; y son entrevistados por The Guardian, Artforum y Frieze Magazine.
Tienen cientos de miles de seguidores en Instagram y son celebrados como verdaderas figuras mediáticas.
Este fenómeno marca un cambio de paradigma: el arte contemporáneo ya no se define sólo desde el norte global, sino desde una multiplicidad de voces que emergen del sur, del bosque, del desierto y de la periferia. Y las expresiones artísticas de los pueblos originarios tienen mucho que aportar.
Mucho más que arte
En las culturas originarias, el arte no está separado de la vida: forma parte de ella. Cada trazo, escultura, canto o tejido pertenece a una red viva donde lo espiritual, lo estético y lo colectivo se entrelazan.
Este arte no adorna ni existe solo para ser contemplado: forma parte de los rituales de cuidado, memoria y sanación.
Hay prácticas —como el Yaokwa de los Enawene Nawe (Amazonía brasileña)— que articulan cosmología, territorio y vida social, y explican por qué la creación artística funciona como equilibrio y sanación. En Australia, el Dreaming o Tjukurrpa vincula canto, ceremonia y territorio, y se expresa en múltiples lenguajes visuales.
En síntesis: no es una reliquia, sino un puente entre un pasado profundo, un presente vivo y un futuro que aún estamos aprendiendo a imaginar. Y la comunidad internacional —desde bienales hasta museos— empieza a reconocer que hay mucho que aprender de estas cosmologías para pensar otros modos de habitar el planeta.

Men’s Ceremony for the Kangaroo, Gulgardi – Kaapa TjamPitjinpa 1971
El caso australiano: del desierto al museo
Uno de los ejemplos más paradigmáticos de este giro de la periferia al centro es el del arte indígena australiano contemporáneo.
El movimiento Papunya, que arranca en 1971 en el asentamiento de Papunya (Territorio del Norte) y es el origen del arte del Desierto Occidental / Western Desert, tradujo cosmogonías milenarias al lenguaje del arte contemporáneo sin perder su identidad simbólica ni espiritual. Una obra marcó un antes y un después: “Gulgardi” (1971), de Kaapa Tjampitjinpa, premio compartido en el Caltex Art Award (Alice Springs), marcó el primer reconocimiento público a la pintura de Papunya. No fue solo un galardón: fue una puerta que se abrió para toda una comunidad y para lo que hoy conocemos como el arte del Desierto Occidental.
Artistas como Emily Kame Kngwarreye, Rover Thomas y Sally Gabori transformaron el arte del desierto en un fenómeno internacional: han sido exhibidos y/o incorporados por instituciones como el MoMA, Tate y el Centre Pompidou, y por colecciones como la Fondation Cartier.

El Anatsui
Iconos de Instagram y Estrellas del Arte Global
La nueva generación de artistas indígenas ha conquistado un espacio que hace apenas unas décadas era impensable.
Figuras como Jeffrey Gibson (EE. UU., de ascendencia cheroqui y choctaw), que representó a Estados Unidos en la Bienal de Venecia 2024, son tratados como verdaderos rockstars del arte global. Sus obras mezclan tradición nativa, cultura pop y crítica política, desafiando los límites entre arte y activismo.
En Argentina, un caso emblemático es el de Gabriel Chaile (Tucumán, 1985), cuya obra se ha vuelto símbolo de este diálogo entre lo ancestral y lo contemporáneo. Chaile crea esculturas monumentales de arcilla inspiradas en hornos comunitarios precolombinos, tótems y formas biomórficas. Cada pieza —aunque se exhiba en el Palais de Tokyo o en la Bienal de Venecia— mantiene su dimensión ritual y comunitaria: la arcilla cocida se convierte en cuerpo, en templo, en ofrenda.
En África, El Anatsui y Esther Mahlangu resignifican lo ancestral en clave contemporánea.
Estos artistas manejan su propia narrativa, negocian directamente con curadores y marchands, y viven del arte sin renunciar a su identidad.
¿Esencia o Mercado?
Con la visibilidad y el éxito llegan, inevitablemente, las preguntas: ¿el arte indígena pierde esencia al entrar en el circuito comercial global y en la lógica del mercado occidental? ¿Debemos exigir “pureza” a los artistas indígenas —quedarse al margen del tiempo, del
sistema, de los materiales “no tradicionales”— o reconocer su derecho a evolucionar? ¿Usar plásticos, pinturas industriales o medios digitales contamina la tradición o la expande?
La discusión está abierta, pero la práctica de muchos artistas sugiere una respuesta: la autenticidad no es encierro, es agencia. La clave no es el material, sino el protocolo y la intención: qué se comparte, qué se resguarda y a quién beneficia.

Billetes en extinción – Denilson Baniwa

Brasil, Terra Indígena, 2022 – Denilson Baniwa
Tecnología: ¿aliada de los saberes ancestrales?
En este contexto, la tecnología aparece como aliada. Digitalizar lenguas, historias y rituales ayuda a que sobrevivan y sean conocidas por una audiencia global; las herramientas de geolocalización sirven para monitorear territorios y frenar la deforestación; y los medios electrónicos abren estéticas nuevas sin quebrar el vínculo con la tierra. Cuando artistas indígenas integran plásticos, celulares, video o circuitos, no “contaminan” saberes: los actualizan. La clave no es el material, sino el protocolo y el propósito: qué se comparte, qué se resguarda y a quién beneficia.
El arte contemporáneo uruguayo se reencuentra con sus orígenes
La conversación global resuena en Uruguay: de la pionera Nelbia Romero a Gustavo Tabares, Teresa Puppo, Jorge Menza y el trabajo de Martha Castillo con Urugua.i., –entre otros– la escena local vibra con este reencuentro con nuestras raíces. Incluso Joaquín Torres García, con su Universalismo Constructivo, buscó en lo precolombino una clave de identidad: lo indígena como base, lo ancestral como brújula.
El MAPI, Museo de Arte Precolombino e Indígena de Montevideo, exhibe y preserva el arte y la cultura de los pueblos originarios de América, con investigación, exposición y un fuerte programa educativo sobre los pueblos originarios de América.

Maloca — Chonon Bensho & Pedro Favaron
El arte indígena aterriza en Uruguay.
Maloca.
A la entrada de José Ignacio, la Fundación Cervieri Monsuárez —uno de los últimos proyectos concebidos por el reconocido arquitecto uruguayo Rafael Viñoly— se integra al paisaje con un
gran muro curvo de piedra tallado a mano por maestros peruanos, en una alusión directa a Machu Picchu.
Allí se está presentando Maloca, instalación inmersiva de la artista shipibo-konibo Chonon Bensho junto a Pedro Favaron: una “casa cósmica” amazónica que articula luz, sonido, aromas de plantas, textiles y proyecciones con patrones kené, además de cortometrajes sobre espiritualidad y medicina.
Ficha práctica: Maloca — Chonon Bensho & Pedro Favaron
Fundación Cervieri Monsuárez, Ruta 10, entrada a José Ignacio.
Horario: viernes, sábado y domingo de 14 a 19h
Cierre: Hasta el 14 de diciembre de 2025.
Entrada: Libre.
Amazonas Ancestral,
La 6ª Bienal de Montevideo, curada por Alfons Hug, estará centrada por completo en la Amazonía y en la perspectiva de varios artistas originarios. Con 34 participantes de Brasil, Uruguay, Perú, Paraguay, Venezuela, Chile y Guayana Francesa, la obra no sólo ilustra paisaje: lo encarna. Canto, tejido, pigmento y símbolo chamánico como lengua viva.
Entre los uruguayos: Rita Fischer, José Gamarra, Héctor Laborde, Linda Kohen, Ricardo Lanzarini, Juan Manuel Rodríguez, Sebastián Sáez, Lucía Wainberg y Álvaro Zinno. Entre los amazónicos: Denilson Baniwa, Olinda Silvano Inuma, Sheroanawe Hakihiiwe y Joseca Mokahesi Yanomami.
Ficha práctica: Amazonas Ancestral — 6ª Bienal de Montevideo (curaduría: Alfons Hug) Lugar: Palacio Legislativo, Salón de los Pasos Perdidos, Montevideo.
Inauguración: 23 de octubre de 2025.
Cierre: 30 de noviembre de 2025.
Entrada: Libre.
Reimaginar el futuro
En tiempos de vértigo, hiperconexión y desafíos constantes, el arte contemporáneo vuelve a mirar a la raíz. El arte ancestral ocupa museos, bienales y colecciones, pero sobre todo nos invita a preguntarnos de dónde venimos, hacia dónde vamos y qué saberes olvidamos en el camino. Tal vez el arte no tenga todas las respuestas; sin embargo —como Maloca y Amazonas Ancestral— puede señalar una dirección. No la del vértigo hacia adelante, sino la del regreso: al origen, a la raíz. Porque, como intuyen los sabios del Amazonas, el futuro no está delante: está atrás, en lo que recordamos cuando aprendemos a escuchar.
















