En un mundo que se ha venido diseñando, con eficacia, para distraernos cada pocos segundos, preferir leer algo se ha vuelto una forma de resistencia. O tal vez, de placer.
Por Raúl Cohe
GRACIAS POR TUS DOS MINUTOS
Gracias por dedicarle tus próximos dos minutos a leer esta columna. En un mundo que se ha venido diseñando, con eficacia, para distraernos cada pocos segundos, preferir leer algo se ha vuelto una forma de resistencia. O tal vez, de placer.
Cuando escribo la columna cada mes, no vuelco pensamientos terminados. Siento que pienso junto a ustedes mientras escribo. Y me hace bien. Escribir una idea, un mensaje o una reflexión es una manera de filtrar y ordenar nuestro propio caos mental.
Y leer es escuchar cómo otro intentó ordenar el suyo, ahora o en el pasado. En esa conversación silenciosa entre quien escribe y quien lee, se ejercita algo que no puede automatizarse ni delegarse: la capacidad de imaginar y desarrollar un pensamiento propio de calidad.
Claro que los resúmenes son útiles. Pero el pensamiento propio se entrena en el recorrido, no en el resultado. Quien solo recibe resúmenes y conclusiones no ejercita los músculos que más hacen por nuestra identidad: la curiosidad y el discernimiento.
Las herramientas digitales ofrecen atajos tentadores: información instantánea, resúmenes, síntesis. Pero si delegamos en otros —o máquinas— la tarea de decidir qué es importante, perdemos algo esencial: la posibilidad de decidir qué merece nuestra atención.
La atención —esa disciplina mental que antes se educaba, se valoraba y sostenía la comunicación eficaz— se está volviendo menos frecuente.
Vivimos rodeados de estímulos que compiten por ella: notificaciones, vibraciones y campanitas que anuncian algo aparentemente urgente. Y que rara vez lo es.
Leer —una columna, una página, un artículo o una novela— es una grata forma de gimnasia interior. Una práctica que fortalece la atención y la selección de datos. Y cuando leemos (como todo lo que tenemos que imaginar), es también un ratito creativo.
Resulta ser el ejercicio más sencillo, económico y profundamente transformador para combatir el aburrimiento, que tanto tememos y evitamos, y tal vez también los déficit atencionales.
Así que, otra vez, gracias por tus dos minutos.
No por leerme a mí, sino tan solo por leer y llegar aquí cuando todas las notificaciones te invitaban a seguir de largo.
Cada vez que alguien se toma un tiempo para leer, aunque sea esta columna, ayudamos a que el pensamiento humano —ese raro y hermoso talento— siga existiendo.

















