En su primera gran escala tras zarpar de Portsmouth, Inglaterra, el 31 de agosto, la flota de la Clipper Round the World Yacht Race tocó puerto en Punta del Este el 14 de octubre
Por Esteña Press
Por primera vez, ellas lideran la vuelta al mundo
CLIPPER RACE 2025
Por Lala Garganta
En su primera gran escala tras zarpar de Portsmouth, Inglaterra, el 31 de agosto, la flota de la Clipper Round the World Yacht Race tocó puerto en Punta del Este el 14 de octubre, transformando la bahía en un escenario de festejos e historias singulares de liderazgo y resistencia. Veinte profesionales de la navegación comandan los diez equipos que, durante once meses, recorren el planeta en una de las competencias oceánicas más exigentes del mundo. Sin embargo, esta edición en particular marcó un hito: por primera vez, el 55% de las capitanas (skippers) y primeras oficiales (first mate) son mujeres. Las líderes que zarpan a desafiar los océanos escriben un nuevo capítulo en la historia de la vela.
Durante la escala en Uruguay, Esteña Press acompañó de cerca las actividades organizadas por el Yacht Club de Punta del Este en torno a la Clipper Race, desde la conferencia de prensa y la ceremonia de premiación hasta la jornada de navegación con periodistas a bordo de uno de los veleros. En ese marco, entrevistamos a tres mujeres que participan de esta edición histórica: la capitana más joven en la historia de la regata, la británica Ella Hebron (21 años, Reino Unido) del Team Washington D.C; Ángela Brandsma (50 años, Países Bajos), capitana del Power of Seattle Sports; y Lauren Groves (39 años, Reino Unido), tripulante del Team Tongyeong en las etapas 1 y 8, quien se incorporó a la vela a través de esta experiencia global.
A los 21 años, Ella Hebron se convirtió en la capitana más joven en la historia de la Clipper Race, la regata oceánica más extensa y desafiante del mundo. Nació en la costa sur del Reino Unido, en una familia sin tradición náutica, pero con el mar siempre cerca. “Mis papás y mis hermanos jamás navegaron, pero lo descubrí cuando tenía once años, en unas vacaciones familiares con mi abuelo. Él había navegado toda su vida, así que alquilamos un barco y empezamos a probar en embarcaciones pequeñas. Ahí descubrí algo que me fascinó, y como yo vivía cerca del mar, la afición se volvió costumbre. A los pocos años empecé a competir en pequeñas regatas locales, con botes de una o dos personas, durante bastante tiempo, pero cuando vi los barcos grandes, supe que quería estar ahí”. A los 17, Ella se mudó sola a Barcelona para trabajar en una empresa de yates: “Todo pasó muy rápido en poco tiempo, hice muchas cosas y eso me permitió llegar hasta acá. Tengo suerte, pero también trabajé mucho para conseguirlo”.
Hebron asumió el mando del Team Washington D.C., con una tripulación internacional de aficionados y profesionales. Antes de eso, había sido primera oficial en la edición anterior de la Clipper Race. “Como primera oficial hacés casi todo lo que hace un capitán, pero sin la misma responsabilidad. Ahora, cuando me voy a dormir, sé que no puedo recurrir a nadie más; soy yo la que tiene la última palabra. Lo disfruto, pero esa diferencia de responsabilidad se siente”. Sin embargo, asegura que su interés por el liderazgo fue tan decisivo como su formación técnica: “Siempre me atrajeron las dinámicas de liderazgo y me gusta ver cómo diferentes estilos generan distintas respuestas en la tripulación y comprobar que las estrategias que aplico funcionan. Eso me impulsa a seguir adelante”.
La salida desde Portsmouth, como coinciden los tripulantes de todos los barcos de la Clipper Race, fue un gran desafío: “El mal tiempo nos acompañó desde el principio, y eso puede ser duro física y mentalmente para una tripulación que recién empieza. Algunos pensaron: ‘¿Así va a ser toda la regata?’ y no, no es así constantemente; por eso mi papel fue ayudarlos a superar ese primer impacto. Después, ver cómo se adentran en el océano y se fortalecen es muy bonito”.
En cuanto al tiempo en las escalas entre cada desafiante navegación, Ella divide su tiempo entre el descanso, el trabajo y la preparación para la siguiente etapa. “Siempre hay dos fases: primero recuperarte, después prepararte para volver a salir. Si las paradas son muy largas, perdés el ritmo, así que prefiero que sean breves, lo justo para descansar, revisar el barco y planificar”. Mientras la tripulación colabora con las reparaciones o el reabastecimiento, Ella se concentra en la táctica y el clima. “Algunos se interesan mucho por las rutas meteorológicas, pero la mayoría prefiere que les diga qué esperar y qué hacer. Es un sistema que funciona”, explica.
Entre los puertos que más espera, menciona dos: Seattle y Washington D.C. “Seattle es especial porque se llega después de cruzar el Pacífico Norte, una etapa durísima, húmeda y fría. Es una llegada que une mucho a la tripulación. Y Washington D.C. es nuestro puerto base, muy cerca del cierre del recorrido, el momento en que empezás a valorar todo lo vivido”. Pero también guarda un cariño particular por Punta del Este: “Este es uno de los lugares a los que más esperaba llegar porque tengo el recuerdo de cuando vinimos en la edición anterior de la Clipper. La hospitalidad acá es increíble, todos están comprometidos con la regata, y eso te hace sentir valorada. Es una bienvenida muy cálida”.
En cuanto a qué consejo les da a las niñas que sueñan con seguir sus pasos, Ella deja un mensaje claro: “Hay que ser valiente y salir de la zona de confort. La náutica sigue siendo un ámbito dominado por hombres, y como mujer joven muchas veces te subestiman y te ponen al final de la lista por tu edad o por tu género. Para mí se trata de callar todas las voces a tu alrededor y concentrarte en tu objetivo. Es complicado, pero si podés superar eso, si demostrás que sabés lo que hacés, entonces estarás en el camino correcto”.
A los cincuenta años, la holandesa Ángela Brandsma comanda el Power of Seattle Sports en la Clipper Race. “He sido capitana toda mi vida”, dice con naturalidad, como quien enuncia algo que le resulta tan elemental como respirar. Su vínculo con el mar nació en los Países Bajos y la acompañó en cada etapa de su carrera, entre travesías, embarcaciones y formaciones que la llevaron, casi inevitablemente, a ocupar el rol de skipper en esta edición.
Antes de asumir el mando, Brandsma fue primera oficial en otra campaña de la Clipper. “Estuvo bueno porque me permitió conocer la organización, la forma en que manejan los barcos, la manera en que hacen las cosas. Pero siempre supe que, en última instancia, sería capitana en la regata. Aproveché ese puesto para conocer el sistema y, a partir de ahí, asumir el rol principal. Mi mente siempre estuvo puesta en eso”.
Hoy, esa meta se transformó en una rutina de liderazgo, entrenamiento y estrategia. “Obviamente tengo más responsabilidad. Hay mucho más papeleo, muchas más consideraciones de seguridad. Tenemos que ser extremadamente cuidadosos. Pero los tripulantes están entrenados para serlo, y lo son”. Su objetivo, dice, es que el equipo pueda funcionar de manera autónoma: “Espero que cada vez sepan manejar mejor el barco por sí mismos; ese es mi objetivo: que sean independientes y que yo, como capitana, pueda dar un paso atrás y centrarme en las tácticas, en cómo mejorar nuestra forma de hacer las cosas. Al final, llegaremos a un punto en el que ellos se encargarán del barco, y creo que ésa es una perspectiva increíble que nos ilusiona a todos”. Sin embargo, como explica Ángela, el liderazgo no siempre se comporta según los planes: “En tu mente querés ser una líder determinada, pero después las cosas suceden a su propia manera. Es diferente lo que se piensa cuando se está en medio del caos. Me gustaría ser una líder que posiblemente nunca seré, pero siempre se puede soñar”, reflexiona. “Con todo lo que sucede arriba del barco, no podés esconderte de la persona que sos. Eso siempre sale a la luz”. Brandsma se describe como una líder sin rodeos. “Soy holandesa y muy directa. Voy a decir cómo y cuándo quiero que se hagan las cosas. En mi mente quiero ser más inclusiva, hablar más con la gente, pero simplemente no soy ese tipo de persona. Nunca seré ese tipo de líder, pero estoy aprendiendo muchísimo junto a mi equipo y, por suerte, funciona”.
A las mujeres que desean seguir una carrera en el mar, Ángela les deja un consejo sin adornos: “Hay que vivirla. Hay que estar donde están los capitanes, donde está la verdadera acción. Hay que dedicarle muchas horas para entender lo que se necesita hacer. Hay que sentirse cómoda cuando hay tormenta y olas gigantes; no se puede tener miedo”. Sus padres, cuenta, le hacen siempre la misma pregunta: “¿Tenés miedo?” y ella siempre les responde lo mismo: “¡No, nunca tengo miedo!”, pero aclara: “Que yo no tenga miedo no significa que no tenga un barco seguro, y eso es en lo que me centro cuando las cosas se ponen difíciles. Invierto mucho tiempo en formar a la gente y en hacer las cosas de la mejor manera, para que siempre sea un lugar seguro. Pero no, nunca tengo miedo”.
La experiencia, recalca, es insustituible: “Para quien quiera seguir una carrera como ésta, mi consejo es que obtenga todos los documentos necesarios, dedique muchas horas y adquiera mucha experiencia navegando miles y miles de kilómetros. Yo había recorrido 50.000 kilómetros antes de empezar esta carrera”. También recomienda invertir en programas de liderazgo: “Es muy difícil lidiar con diferentes culturas, mentalidades y formas de hacer las cosas. Ponés a la gente en una olla a presión; en un barco que parece grande, pero que en realidad es pequeño si pensás que viajan 16, 17 o 20 personas, cada una con su propia mente y sus propios objetivos. Es muy difícil. Y sí, eso nos coloca en una posición extrema, porque somos marineros, pero también gestionamos equipos. Y no sé qué es más difícil: gestionar personas o la parte náutica. Para mí, la parte náutica es natural. La gestión, aunque tengo experiencia, sigue siendo un gran desafío”.
Lauren Groves jamás había navegado antes de conocer la Clipper Race, pero se reconoce como una buscadora innata, alguien con ansias de probar cosas nuevas como una constante en su vida. “No tengo familia que navegue ni amigos en ese ambiente, y es difícil saber cómo acceder a la navegación como deporte. Por eso, para mí, la Clipper es una oportunidad alucinante de que las personas normales, sin experiencia previa, podamos competir en una regata profesional”. Antes de la pandemia, vivió en distintos países y, según dice, tiene una madre “tan aventurera como culpable” de haberle transmitido esa curiosidad. “Si bien ella no ha vivido en otros países, siempre se preocupó de que tuviéramos muchos viajes en nuestras vacaciones y experimentáramos otras realidades, sólo que en mi caso llevé esa idea un paso más allá”. A sus 39 años, siendo profesora de geografía y ex trabajadora del sector turístico, decidió tomarse un año sabático de la enseñanza para celebrar su “cuadragésimo año en el planeta” con una gran aventura: “Siempre quise venir a Sudamérica y la Clipper fue mi boleto de ida; era otra forma de llegar, navegando”.
De la famosa carrera se enteró por un anuncio en Instagram: “Me pareció interesante, hice clic, leí todo y no pude sacármelo de la cabeza, así que descargué la información, participé en un seminario web y ya no hubo vuelta atrás”. La experiencia a bordo del barco representante de Corea del Sur, el Team Tongyeong, admite que fue mucho más exigente de lo que imaginaba. Los días en el velero alternaban largas horas de calma con repentinos momentos de caos. “Navegar es así: estás súper relajado, descansando, y de repente cambia el clima en un segundo y todo se transforma en acción instantánea para estabilizar el barco. De hecho, intenté escribir y registrar cada etapa, pero las guardias, las maniobras y los imprevistos me imponían otro ritmo; a veces pasaban tres días sin que pudiera sentarme a escribir una sola línea. Aprendí que si quería hacerlo, tenía que hacerlo en el momento exacto, porque al final no es algo que se pueda planear”.
Uno de los episodios más intensos que vivió en altamar fue durante una noche en los trópicos. “Estaba descansando cuando escuché a Lou, nuestra capitana, gritar: ‘¡Todos arriba!’ y después ‘¡Suelten el vang!’, que significa liberar de golpe la tensión de la maniobra que controla la vela mayor, una forma extrema de recuperar el control del barco. Subí a cubierta y encontré a Ellie, otra de las tripulantes, forcejeando con las cuerdas mientras el velero se inclinaba casi setenta grados. En ese momento no tuve miedo, sólo concentración. En situaciones tan extremas no hay espacio para pensar en nada más que lo que te toca hacer junto al resto del equipo para salir adelante. Al día siguiente entendí lo cerca que habíamos estado del desastre”. De aquel episodio salió fortalecida: “Me sentí orgullosa, porque supe que la formación que recibí era la justa para manejar la situación y mantener la mente despejada”.
Tras completar la primera etapa, Lauren decidió continuar. “Acabo de inscribirme para hacer la octava. La próxima semana viajo a Montevideo y desde allí tomaré un barco hacia la Antártida. Iré hasta las Islas Malvinas, luego Georgia del Sur y Ushuaia. Después quiero recorrer la Patagonia, hacer senderismo y seguir viajando hacia el norte hasta reunirme otra vez con la Clipper en Washington D.C. Va a ser muy lindo empezar y terminar la regata. Es como abrir y cerrar el ciclo de mi año número cuarenta en esta tierra”.

















