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Proyectar sin imponer

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Desde Balleneros, Marcelo Daglio reflexiona sobre el crecimiento de Punta del Este y el delicado equilibrio entre urbanizar y cuidar la naturaleza.

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Proyectar sin imponer

En una charla exclusiva desde el restaurante Balleneros, Marcelo Daglio analiza el crecimiento de Punta del Este, la relación entre naturaleza y urbanización, y los desafíos éticos que conlleva proyectar en un territorio en constante transformación. Marcelo, quiero empezar por el principio. No por una obra ni por un premio, sino por algo más íntimo: la idea que te sostiene. Cuando miramos tu trabajo, aparece el paisaje, la materia y una especie de respeto silencioso por el entorno. Entonces, empecemos ahí.

Cuando alguien ve una obra tuya sin saber que es de Marcelo Daglio, ¿qué debería hacerle decir: “esto es suyo”? ¿Cuál es ese sello reconocible —conceptual, material o espacial— que atraviesa tu arquitectura?

Lo que intento es responder de la manera más clara sobre lo que me plantea el cliente, adaptando la propuesta arquitectónica a las necesidades funcionales, el manejo de los espacios, la luz, considerando el entorno donde se implantará y los recursos que tenemos en el lugar. Tengo una obra bastante variada, que va desde programas industriales, gastronómicos, hotelería, vivienda colectiva e individual, y en todos ellos, te diría que lo primero que busco es cómo va a dialogar la obra que vamos a proponer con su entorno inmediato. Después, a medida que voy investigando, van surgiendo distintas formas, ideas, etc. Distintas maneras de acomodar la arquitectura al entorno; provocando con mayor o menor medida el cambio del paisaje hasta que llegamos a lo que consideramos la mejor forma de dar identidad a la propuesta y su entorno con la arquitectura, dependiendo fundamentalmente del lugar. No tengo una arquitectura específica que me identifique, que digan “mirá, esa obra es de Daglio”, porque no me ato a ningún lenguaje arquitectónico específico.

Punta del Este dejó de ser solo un destino turístico para consolidarse como una marca global asociada a calidad de vida, paisaje e inversión. ¿Cómo impacta esa condición de marca territorio en tu manera de proyectar? ¿Diseñás distinto cuando un lugar deja de ser solo geografía y pasa a ser identidad?

Te voy a dar un ejemplo, yo estoy desarrollando Rocas de la Ballena, acá en la ruta panorámica, en la misma área que se desarrolló el Complejo Quartier. Para que tengas una idea, son en el entorno de 30.000 metros cuadrados: estoy haciendo una urbanización para 11 viviendas y Quartier hizo 120 apartamentos en el mismo tamaño de tierra. Imagínate conceptualmente hacia dónde intento orientar a mis clientes, que de alguna manera buscan integrarse al lugar. Lo que estamos haciendo con este pequeño barrio es rescatar la densidad del barrio jardín, recuperar lo que era Punta Ballena dentro de lo que podemos. Otro ejemplo es Loma Verde, un edificio de calidad en la Brava, una propuesta que si bien mantiene la escala de lo que existe en la rambla, propuso una arquitectura diferente. Rompimos la idea de cuánto más m² más plata gana el inversor; entendimos que subiendo los estándares de calidad y diseño para la zona, cosa que no pasa por la cantidad de m², el éxito de este nuevo planteo estaría asegurado y así fue que trajo consigo inversiones de mejor calidad para la zona. Hacia ahí apunto.

Ganó un premio mundial en el World Architecture Festival con la Almazara O’33. Más allá del reconocimiento, ¿qué te dejó esa experiencia en términos creativos, empresariales y personales? ¿Qué cambia realmente en un estudio cuando empieza a jugar en una liga global?

Sigo proyectando de la misma manera, según la escala que tengo a mi alcance. La Almazara fue un reconocimiento a la arquitectura o a las intenciones que uno desarrolla, una gratificación personal. No me cambió en lo más mínimo la forma de cómo me posiciono frente a cada desafío nuevo arquitectónico. Ese también es un ejemplo válido, como postura arquitectónica, porque tomar un tema industrial con la simpleza con la que se lo tomaba no era lo que me interesaba. Lo que intenté en este caso fue jerarquizar, elevar, generar un interés dentro del espacio industrial, que le quitara la banalidad con la cual los espacios internos, sean depósitos o salas de trabajo, fueron siempre tratados. El reconocimiento internacional fue muy interesante, donde el nivel de los proyectos presentados era muy alto, con los mejores arquitectos del mundo. Yo competí con una obra de 600 metros cuadrados contra obras enormes de metros cuadrados, con un potencial de desarrollo económico muy distinto al que manejamos acá. El jurado, integrado por referentes de la arquitectura como Peter Cook y Sou Fujimoto, Michel Rojkind, Manuelle Gautrand, reconocieron y alabaron especialmente al proyecto, en el sentido de que la Almazara es un ejemplo sublime de transformación de lo banal en arquitectura.

En Punta del Este y José Ignacio aparece siempre la misma tensión: naturaleza y urbanización. Desde tu mirada, ¿la arquitectura debe aprender a convivir con la naturaleza o la naturaleza está aprendiendo a convivir con la arquitectura? ¿Dónde trazás el límite ético del diseño?

Sí, claro. Lo que pasa es que la naturaleza está en peligro y, de alguna manera, hay que controlar a los capitales. Ese es el problema. El límite ético tiene mucho que ver con un tema político. Cómo va a crecer un pueblo o una ciudad son definiciones que responden a políticas urbanísticas. Los arquitectos quedamos sujetos a esas definiciones políticas que implican decidir cómo crecer, dónde, por qué y qué conservar. Hay que empezar a tener cuidado, porque algunas zonas de Punta del Este están creciendo exponencialmente. Con respecto a ciertas obras que se realizaron en José Ignacio, es verdad que hubo excepciones, algunas beneficiosas y otras no. De todas maneras, hoy hay muchas obras en proceso. Si bien el pueblo de José Ignacio está protegido, la proliferación de barrios aledaños al pueblo traerá aparejados más y más servicios, lo que con ello apunta a cambiar el entorno inmediato de la zona, por más que no se construya en altura y que uno no quiera, la densidad de la zona está cambiando.

Desde la arquitectura y el urbanismo, ¿qué sentís que hoy le falta y qué le sobra a Punta del Este y su región inmediata? —infraestructura, escala, normativas, estética, espacios públicos, identidad costera—

La estética en Uruguay es muy rara. Por ahí es una característica de que no tengamos una estética particular. Vos podés tener una casa mexicana, plana, gótica, todo en el mismo lugar. Quizás eso habría que evaluarlo; sí sé que en otros lugares del mundo te imponen una estética. Acá, en particular, no. Respecto a la edificación en altura, es algo que te modifica y genera otro ruido dentro del paisaje. No necesariamente construir la mayor cantidad de metros cuadrados significa que vas a ganar mejores negocios, sino dar calidad a los metros cuadrados, en el sentido de la estética, el impacto ambiental y visual, el entorno y todo eso que hay que cuidar.

Una parte importante de tus clientes proviene de Europa. ¿Por qué creés que Punta del Este y esta región despiertan ese interés particular en el cliente europeo? ¿Qué encuentran acá que no están encontrando en sus propios territorios?

Varios son los temas. La cercanía y a pocos minutos que tienen las diferentes actividades —laguna, golf, casino, cabalgar, playa—. La comodidad y la sensación del lujo silencioso que se respira en muchos de los puntos de Punta del Este es uno de los encantos para muchos de los turistas extra zona. Para mí, Punta del Este es para América como Saint-Tropez es para Europa. Uruguay está pensado turísticamente sobre la costa, su turismo es 90% costero. Habría que reinventar todo y empezar a trabajar lo que es hermoso en otros lados: campo, lagunas, etc. Entiendo que de alguna manera Punta del Este va en ese camino también; deberían incentivarlo, así no impacta tanto el crecimiento sobre la costa.

Habiendo trabajado con clientes de Europa, América Latina y Estados Unidos, ¿qué tipo de conversación se da con el inversor que elige Punta del Este? ¿Es un cliente más emocional, más racional, más consciente del entorno? ¿Qué te pide acá que no te pide en otros lugares del mundo?

En general, con los clientes no charlo demasiado: me avoco al trabajo. Amigos hice muy pocos. Lo que intento es, de alguna manera, educar al cliente y orientar el proyecto hacia el lugar que considero correcto. Obviamente existen requisitos —programa, necesidades, ideas previas— que no puedo cambiar, pero sí intento destinar un tiempo prudencial a sugerir y discutir cuáles son las mejores alternativas para desarrollar los proyectos.

Punta del Este crece aceleradamente en construcción y valor inmobiliario, mientras Uruguay mantiene un crecimiento demográfico bajo. ¿Cómo leés esa tensión desde la arquitectura y el urbanismo? ¿Qué implicancias tiene para el futuro del territorio?

Para mí son casi dos países distintos: Uruguay es uno y Punta del Este es otro, y creo que todos lo vivimos un poco así. Uruguay está en decrecimiento demográfico, mientras que el crecimiento que tiene Punta del Este no es de uruguayos, sino de extranjeros que vienen a establecerse, ya sea por un año o por períodos más cortos. Los que vienen por todo el año, alternan generalmente o con viajes o con segundas casas. El estilo de vida al que están acostumbrados en el exterior no es sostenible todo el año en Punta del Este, una por el clima y otra por la actividad cultural, aunque se nota que está cambiando. Acá ese ritmo se sostiene tres meses, te vas, volvés tres meses, y así se va matizando.

Muchas de tus obras se implantan en entornos naturales sensibles. ¿La arquitectura debería hacerse visible, marcar carácter, o desaparecer y volverse paisaje? ¿Se puede hacer ambas cosas a la vez?

Yo creo que se pueden dar las dos cosas, porque la arquitectura es parte del paisaje. Todo depende de la mano del arquitecto, del diseñador, de quien lo piensa, y también de las decisiones políticas. Siempre estamos alterando el paisaje, incluso cuando intentamos no hacerlo. Hay una simbiosis permanente entre arquitectura y naturaleza, ya sea a través de los materiales, del espacio o de la forma de implantarse. A veces uno busca mimetizarse, otras impactar de manera clara; son formas de armonizar con el paisaje preexistente. No tengo una receta; podríamos hablar horas de este tema, pero al final, la sensibilidad del creador es todo.

Si tuvieras que proyectar Punta del Este y su región hacia 2040, ¿qué tres decisiones urbanas deberíamos tomar hoy para no arrepentirnos mañana? —costa, movilidad, densidad, vivienda, espacios públicos, medioambiente—

Creo que debería existir un puente en la Laguna de Rocha para que el crecimiento no esté tan contenido, sino que pueda destrabarse y continuar hacia Rocha. Creo que se debería hacer el aeropuerto de Rocha y comenzar a captar los clientes gauchos que están del lado de Brasil, pero como digo, no solamente con turismo costero, sino de lagunas y campo. Hay que crecer, pero crecer con el ambiente del lugar. Por ejemplo, en José Ignacio: ¿por qué hacer los barrios tan pegados a la costa cuando podrían haberse llevado un poco más arriba? Hoy la ruta 104 es prácticamente un club al lado del otro.

Para terminar, algo personal: Cuando pensás en Punta del Este y esta región dentro de 20 años, ¿qué te gustaría que tus obras digan de vos y de este territorio?

Mis obras van a estar dialogando siempre con el entorno, unas más, otras menos, dependiendo de la sensibilidad con la que haya tratado la arquitectura y el lugar. El tiempo y las personas lo dirán.

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