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Hay personas que no llegan al arte: el arte las precede.

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En Tomás Redrado, el gesto galerístico no aparece como un rol aprendido sino como una forma de habitar el mundo.

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Hay personas que no llegan al arte: el arte las precede.

En Tomás Redrado, el gesto galerístico no aparece como un rol aprendido sino como una forma de habitar el mundo. Entre Miami, José Ignacio y Buenos Aires, su proyecto crece lejos del cubo blanco clásico y cerca de algo más frágil y esencial: el tiempo compartido, el deseo, la intuición y el riesgo. Joven, emprendedor y profundamente comprometido con los artistas que representa, Redrado construye una escena propia, donde lo erótico, lo estético y lo ético no se excluyen: dialogan.

En un ecosistema del arte cada vez más acelerado, donde ferias, inauguraciones y rankings imponen un ritmo casi industrial, su propuesta se posiciona en otro registro. No se trata de acumular nombres ni de producir visibilidad inmediata, sino de sostener procesos, vínculos y contextos. Frente a una circulación vertiginosa de imágenes y discursos, Redrado apuesta por algo menos espectacular pero más exigente: tiempo, presencia y continuidad.

Hay también, en su forma de trabajar, una idea de hospitalidad poco frecuente en el sistema del arte contemporáneo. La galería no aparece como un espacio de tránsito rápido, sino como un lugar donde quedarse, conversar, mirar con calma. Esa disposición —tan simple y tan radical a la vez— redefine el vínculo entre artista, obra y público. No se entra solo a ver: se entra a participar de una experiencia.

¿Cómo te definís?
—Me defino como un joven emprendedor, galerista y apasionado de las artes visuales, con un propósito muy claro dentro de esta industria. Me interesa construir un proyecto con identidad, no solo una plataforma de exhibición, sino un espacio de pensamiento, circulación y acompañamiento real a los artistas.

¿Cómo nace tu amor por el arte? ¿Hubo un momento clave?
—Más que un clic puntual, fue algo que se dio de manera natural. Crecí rodeado de familiares artistas o profundamente apasionados por el arte, tanto del lado paterno como materno. Esa cercanía temprana hizo que el arte formara parte de mi vida.

Durante la pandemia encontré la determinación de seguir ese impulso y declararme galerista. Me mudé a Estados Unidos con una razonable cantidad de obras en consignación y un departamento que bauticé como mi galería. Llegué sin demasiadas referencias, guiado más por la intuición y la tenacidad que por la experiencia. Quería construir una galería desde la calidad y desde artistas que realmente me movilizaran, sin fórmulas especiales ni modelos.

Elegí Miami no desde la frivolidad —un prejuicio común hacia la ciudad— sino desde una lectura clara del momento histórico. Durante la pandemia, la ciudad dejó de ser solo un destino vacacional para convertirse en hogar de mucha gente. Ese desplazamiento generó un nuevo público: personas de alto poder adquisitivo interesadas no solo en consumir, sino en pertenecer, participar y comprometerse. Así, Miami y la Florida en general se consolidaron como una puerta al mundo, desde donde el arte latinoamericano —especialmente el del Cono Sur— puede proyectar carreras internacionales con mayor estabilidad.

Ese rol de “puerta” no es solo geográfico, sino simbólico. Estados Unidos —y Miami en particular— sigue funcionando como un espacio de validación internacional desde el cual se abren museos, ferias, colecciones y circuitos globales. Para muchos artistas latinoamericanos, circular por Miami no implica abandonar su identidad, sino traducirla: hacerla legible para otros contextos sin perder densidad ni complejidad. En ese tránsito, el rol del galerista deja de ser meramente comercial y se vuelve profundamente cultural.

Coincido en que la llegada de Art Basel Miami Beach en 2002 y el impulso de figuras como Don y Mera Rubell, Jorge Pérez o Alan Faena entre muchos otros, fueron decisivos para consolidar esa escena. Pero también fue clave la llegada de nuevas migraciones, nuevas comunidades y nuevas formas de habitar la ciudad.

Tu forma de vestir también es muy personal. ¿La pensás como identidad?
—Mis primeras referencias fueron mis padres: cómo se vestían, en lo masculino y lo femenino. Yo tomé ese legado y lo llevé a un lugar más gender fluid. No creo en las categorías tradicionales; incluso la palabra “unisex” me resulta retrógrada: vivimos en un mundo donde el género dejó de ser una frontera fija. Mis elecciones no responden a géneros, sino a intuición.

La ropa, para mí, es una forma de expresión auténtica. Me inspiran grandes casas como Rick Owens o Palomo Spain, y tengo un fetiche, es el vintage de Mugler de los 90, pero mi manera de vestir no pasa por la tendencia. Uso mucho vintage, intercambio prendas con amigos, mi padre por ejemplo me ha tirado ropa vieja que amo, comparto con mi hermana. Mi colección no tiene principio ni fin: es un archivo vivo, cargado de memoria. Hay prendas que tienen quince años y otras cargadas de historia familiar. Vestirse también puede ser una forma de habitar el tiempo, del mismo modo que una obra de arte.

Tu proyecto en José Ignacio va más allá de la galería tradicional. ¿Cómo vivís ese cruce con Miami?
—Abrimos en enero de 2025 y hoy, al cumplir un año, puedo mirar el proyecto con perspectiva. Fue la primera vez que trabajamos con residencias: obras producidas in situ que luego pasan a sala como parte de nuestro programa entre Miami, José Ignacio y próximamente Buenos Aires.

Paso solo tres meses al año acá en Uruguay, pero la experiencia es intensa. Vivimos y trabajamos junto a los artistas: compartimos desayunos, caminatas, charlas y muchas horas de taller. Esa cercanía transforma el proceso creativo; la obra crece con el tiempo y con la experiencia compartida. Algo difícil de lograr en ciudades como Miami o Buenos Aires, donde el ritmo urbano fragmenta los vínculos.

En este primer año realizamos ocho residencias y cinco muestras con artistas de distintos puntos de Latinoamérica. La curaduría está a cargo de Natalia Sosa Molina. José Ignacio completa el circuito porque aporta algo escaso hoy en el mundo del arte: tiempo real, presencia física y escucha atenta. El programa de residencias en José Ignacio, apoyado totalmente por el Hotel Kemay, apunta a producción local con obras que “no tengan huella de carbono” o que se desarrollen en vínculo con la comunidad local.

Me contabas “off the record” que un viejo amigo, al inicio de tu carrera, te dijo una frase que te marcó: “primero lo erótico, segundo lo estético y tercero lo ético”.
No hay que leerla literalmente, sino como un universo de analogías. Lo erótico es el sentir supremo: Sin dudas nada “hits harder” que aquello que despierta una vibración inmediata, reflejado en la historia del arte en tantos desnudos, una fragancia, un buen look. En mi colección personal eso es evidente: tengo una inclinación más “darky”, más carnal quizás de lo que es mi programa de galería.

Luego aparece lo estético: color, textura, composición, placer o incomodidad: la primera impresión depende de cómo vemos las cosas. Y recién ahí aparece lo ético, lo que nos permite evaluar nuestra relación con ese hecho artístico. Cada obra tiene su propia ética, y el arte siempre fue un espacio donde conviven tensiones, contradicciones y miradas diversas. Reducir una curaduría a una sola ética empobrece la experiencia.

Así propongo el vínculo con el arte: primero qué siento; después cómo atravieso la barrera estética; por último cómo resuelvo éticamente esa experiencia. ¿La descarto o no?

¿Qué es lo que más te incomoda del mundo del arte?
—El esnobismo y el prejuicio. Tal vez tenga que ver con mi condición de joven y emprendedor, pero muchas veces me encontré con miradas que me clasifican antes de escucharme o conocerme. Clasificar antes de escuchar bloquea proyectos y daña mucho a los artistas. También me incomoda un coleccionismo vacío, más preocupado por el estatus que por el compromiso. Valoro al coleccionista que acompaña procesos, que entiende que el arte no es sólo posesión sino pasión y relación.

¿Y a quien dice que el arte es frívolo?
—Es una simplificación. El arte es enorme: está en la escuela, en el gesto cotidiano de crear, en la necesidad humana de expresarse. El mercado es solo una de sus capas. El artista es un actor social, y esa dimensión no depende del precio de una obra.

Este fue tu segundo verano en Punta. ¿Sentís consolidación?
—Sí. Fue un año de confirmación. Se vieron los frutos de un trabajo sostenido. Punta del Este tiene algo singular: pocos lugares permiten vivir el arte entre bosque, mar y cielo estrellado, en un clima relajado que invita al encuentro. Trabajar desde espacios que no responden al cubo blanco tradicional también es una decisión conceptual. La galería puede ser sala, taller o lugar de encuentro. Nunca trabajé en una galería tradicional: aprendí haciendo, equivocándome y escuchando. Prefiero construir una identidad propia, con la ambición de crecer sin perder coherencia.

Entre Miami, Buenos Aires y José Ignacio, el proyecto busca algo simple y exigente a la vez: acompañar artistas, generar circulación y sostener procesos en el tiempo. Que el arte no sea solo exhibición ni mercado, sino experiencia compartida, pensamiento activo y deseo en movimiento.

En última instancia, lo que se pone en juego es una forma de estar en el mundo del arte sin perder humanidad. Frente a la tentación de profesionalizarlo todo, este proyecto insiste en algo más simple y más complejo a la vez: que el arte siga siendo un espacio de encuentro, de preguntas abiertas y de afectos compartidos. Ahí es donde, finalmente, todo vuelve a encontrarse.

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