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Gastón Pauls: la entrevista antes del espejo

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Antes de subir a escena «Espejos» el 12 de setiembre en Life Cinemas de Punta Shopping, el actor habla con Esteña Press de adicciones, paternidad y la pregunta que lo persigue hace 23 años.

Ruteo Gastronómico Agosto 2026
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Gastón Pauls: la entrevista antes del espejo

Antes de subir a escena «Espejos» el 12 de setiembre en Life Cinemas de Punta Shopping, el actor habla con Esteña Press de adicciones, paternidad y la pregunta que lo persigue hace 23 años.

Hay actores que pasan la vida entera escondidos detrás de un personaje. Gastón Pauls hizo el camino inverso. A los veintipico, «Montaña Rusa» lo instaló como uno de los rostros más queridos de la televisión argentina; casi dos décadas después, el 29 de diciembre de 2007, empezó otro rodaje, el más difícil: el de su propia recuperación de las adicciones, que hoy suma casi diecinueve años. De ese cruce entre el actor y el hombre que aprendió a mirarse sin filtro nació «Espejos», el nuevo unipersonal que Pauls trae a Punta del Este el 12 de septiembre, en Life Cinemas.

La producción es de Mer Espectáculos, la plataforma que ya instaló en Uruguay el formato «Sobre la Marcha» —sin guion, sin estructura fija, construido en diálogo real con el público— bajo el concepto creado por Rocío Salaberry, de RS Producciones. Después de Facundo Arana, es Pauls quien toma la posta con una propuesta que lleva su sello más personal: la pregunta de quiénes somos cuando nadie nos mira actuar.

En exclusiva con Esteña Press, el actor habla de la timidez que todavía lo habita, del vacío que a veces todavía llena con compras, de la nena de once años que en 2003 le preguntó «¿a dónde vas cuando te vas?» y le movió el piso, y de por qué elige, charla tras charla, la honestidad por encima de la comodidad. Esto fue lo que nos contó.

El actor que dejó de actuar

Pasaste de interpretar personajes a mostrarte, literalmente, sin actuación arriba de un escenario. ¿En qué momento sentís que dejaste de interpretar para empezar a ser vos mismo frente al público?

Siempre sentí que soy yo mismo frente al público, incluso cuando estoy interpretando un personaje. Pocas veces me sentí completamente cubierto por él: mi personalidad, mis miedos, mis inseguridades, hasta mi timidez, siempre estuvieron presentes cada vez que actué. Siempre hay un lugar donde Gastón está; nunca fui tomado del todo por un personaje.

Más allá de eso, en este último tiempo de mi vida, como me pasa muchas veces cuando me paro frente a una cámara o a un escenario y comparto tanto de mi vida real, siento que hoy el asunto está más balanceado. Puedo dividirme mejor: hay un lugar donde soy yo y hay un lugar donde hoy puedo jugar mucho más con los personajes.

Podría decir, entonces, que haber hablado tanto de mi vida en los últimos años me ayudó a actuar con más libertad todavía.

«Montaña Rusa» te hizo famoso a los veintipico. ¿Qué le dirías hoy a ese Gastón que empezaba, sabiendo todo lo que iba a pasar después, adentro y afuera de cámara?

Le diría que camine con confianza, que mire siempre a los ojos, que no baje la mirada, que no sienta culpa, que muestre lo que es, que se anime a compartir lo que siente, a decir lo que le sale del alma y, sobre todo, que se anime a jugar más todavía.

El espejo como método

Contaste alguna vez que hubo un día en que te miraste al espejo y viste algo distinto por primera vez en mucho tiempo. Sin ir a ese momento puntual: ¿qué tuvo que pasar por dentro tuyo para que el espejo dejara de darte miedo?

Aceptarme, encontrarme, confiar, pedir ayuda y aceptar la ayuda. Recién cuando empecé a confiar tuve, primero, esperanza; después, fe; y finalmente apareció la confianza. Ahí me volví a encontrar: confié en quién era y dejé de tapar, de disfrazar y de actuar quién era, para pasar simplemente a ser.

El título «Espejos» pregunta quiénes somos cuando no tenemos que fingir. Para vos, ¿hay alguna versión tuya que el público nunca vio y que en este evento sí vas a mostrar?

(Risas cómplices). Creo que sí: hay algo de mi timidez más pura, del niño que fui, de la simpleza y la libertad que tenía Gastón chico. Hoy quiero compartir eso siendo adulto. Quiero mostrarlo, quiero regalarlo, quiero regalarme ese momento y algunas cosas más.

Decís que el vacío se puede llenar con cualquier cosa —el teléfono, el trabajo, la aprobación ajena—. ¿Con qué lo llenás vos hoy, casi diecinueve años después?

¿Con qué lleno mi vacío? A veces, todavía, con compras. Hay momentos en los que me agarra la necesidad de sentir que me falta algo, y termino comprándome un par de medias más cuando ya tengo tres, o un vaso más cuando ya tengo seis. Pero hoy entiendo que ese vacío solo se puede llenar con Dios, con mi Poder Superior.

La recuperación como oficio de vida

Podrías vivir tranquilamente del personaje del «actor que superó todo», pero elegís seguir contándote vulnerable, sin darte el alta nunca del todo. ¿Qué es lo que ganás vos, como persona, al elegir la honestidad por encima de la comodidad?

Cuando uno elige honestidad, gana honestidad, gana verdad, gana una devolución más honesta del espejo. Cuando elijo mirarme a los ojos con honestidad, el espejo me devuelve lo que soy, no lo que me gustaría ser o lo que me engaño a mí mismo creyendo que soy.

Me gusta saber que cada día tengo un trabajo con mi honestidad, que es la primera de todas: la honestidad conmigo y con mi Poder Superior.

Si finjo alegría frente al mundo y de noche lloro, pero después digo que está todo maravillosamente bien, estaría mintiendo. No está todo bien todo el tiempo. Voy avanzando lentamente. Hay momentos en los que encuentro la vuelta y momentos en los que no la encuentro. Y cuando no la encuentro, trato, como puedo, de compartir eso con alguien para no sentirme tan solo.

Contaste que cada charla que das es también terapia para vos mismo. ¿Qué necesitás escuchar decir en voz alta, todavía hoy, para seguir sosteniéndote?

Todavía hoy necesito escuchar eso: que no tengo todas las respuestas, que a veces me las puede dar otra persona. Que a veces sí tengo la respuesta, pero otra persona me puede ayudar a encontrar la llave —o, como dije, mi Poder Superior, que también es esa llave.

Necesito seguir en la búsqueda. A veces todo parece un laberinto. Pero encontré que hay un laberinto y también una salida: hay un encierro, pero también hay una puerta; hay oscuridad, pero también hay una ventana.

Entonces me puedo hacer el gil y creer que no hay ventanas, ni puerta, ni salida, pero todos los días me repito: «Acordate que sí hay una salida», porque a veces aparece la pulsión del bajón, la pulsión depresiva.

¿Hay alguna pregunta del público, en todos estos años de charlas y de «Seres Libres», que te haya movido el piso, que no supiste responder en el momento?

Hace 23 años yo hacía un programa que se llamaba Ser Urbano, el primero de los pasos que después derivarían en Humanos en el Camino, Seres Libres y Ser Humano. En 2003, cuando terminaba de grabar las notas, el plano final siempre era yo alejándome del lugar donde había hecho la entrevista —una cárcel, una villa, un psiquiátrico, un geriátrico— caminando lejos de la cámara.

Un día, después de grabar, una nena de once años me paró en un barrio y me dijo: «Gastón, ¿te puedo hacer una pregunta? ¿A dónde vas cuando te vas?».

Esa pregunta me sacudió, me movió el piso. Porque yo, en esa época, me iba a mi casa a consumir. En cada episodio, en cada lugar, veía mucho dolor, y después me iba a anestesiarme. Me interesa mucho eso de la gente: cómo somos cuando no nos miran.

Los vínculos y el sostén

Sos padre de Muna y de Nilo, y al mismo tiempo sos, para muchísima gente que te escribe, una especie de sostén a la distancia. ¿Cómo aprendiste a cuidar ese equilibrio entre ser el papá de tus hijos y ser, para otros, alguien en quien apoyarse?

Con humildad, agradecimiento, responsabilidad y también cuidado, porque alguna vez fueron mis propios hijos los que me dijeron: «Son las dos de la mañana», mientras yo contestaba mensajes de personas con problemas que necesitaban apoyo.

A veces respondo unos 700 mensajes por día, y siento la presión de saber cuánto necesitan, del otro lado, esa palabra o esa contención. Es agotador, pero trato de llevarlo con agradecimiento: si Dios me puso en este lugar, aunque sea para poder contestarle a una persona y ayudarla, lo tomo con responsabilidad.

Y también sabiendo que, a veces, es una prueba para ver hasta dónde me puedo cuidar sin pisar el palito y creerme el salvador de la humanidad. Porque no tendría sentido serlo para afuera si no puedo conectar con mis hijos puertas adentro.

¿Qué mirada de otra persona —un hijo, un padre, alguien cercano— es la que más pesa, en el buen sentido, cuando te mirás al espejo hoy?

Las miradas que más me importan, y que más juegan conmigo, son principalmente las de mis hijos, la de mi hermano Nico, la de mi madre, la de un par de amigos y la de Agustina, la madre de mis hijos.

Si no puedo sostener la mirada de ese espejo —que son esas personas en mi vida— algo no está funcionando bien. Por eso trato de cuidar que esas relaciones estén bien, para poder seguir mirándolos a los ojos.

El presente y Punta del Este

«Espejos» llega a Punta del Este, un lugar que muchos siguen viendo solo como escenario de verano, pero que hoy tiene una vida propia todo el año. ¿Encontrás algo distinto en el público de acá a la hora de abrirse y animarse a preguntar?

Más allá de todo el amor que le tengo a Uruguay —el país, después de Argentina, que más he pisado, con el que más me contacté, conecté y disfruté—, para mí, más que el público, son las personas con las que comparto un instante: una charla, una obra de teatro, una película.

No siento que haya nada distinto acá. Hay gente que está abierta para recibir y con muchas ganas de dar, el aplauso final si es que les gusta. Esa conexión es la que me maravilla: ese momento mágico entre alguien que se para en un lugar y un grupo de personas que, durante una hora y media, está dispuesto a recibir esa comunicación. Me sigue maravillando.

Si alguien sale de Life Cinemas esa noche y se anima, por primera vez, a mirarse honestamente al espejo, ¿qué esperás que encuentre?

Ojalá ocurra que alguien se mire por primera vez honestamente al espejo. ¿Y qué espero que encuentre? Compasión, perdón, agradecimiento, alegría, tristeza, dolor, verdad, honestidad, amor. Ojalá alguien se pueda mirar libremente después del encuentro. Ojalá yo me pueda mirar libremente después del encuentro. Ojalá.

«Espejos», con Gastón Pauls. 12 de setiembre, Life Cinemas, Punta del Este.

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