Hace tres décadas, la familia Bouza tomó una decisión clave: comprar un primer viñedo en Las Violetas, Canelones, y apostar por una forma de trabajar la tierra donde el tiempo, el cuidado y el detalle fueran más importantes que la escala.
Por Esteña Press
Cuando la naturaleza se vuelve legado
Hace tres décadas, la familia Bouza tomó una decisión clave: comprar un primer viñedo en Las Violetas, Canelones, y apostar por una forma de trabajar la tierra donde el tiempo, el cuidado y el detalle fueran más importantes que la escala. Desde entonces, cada paso —la bodega, los viñedos, los restaurantes, las boutiques— fue consolidando algo más que una marca de vinos: una manera de mirar el paisaje y habitarlo con respeto.
Años después, esa mirada llegó a Punta Negra. Sobre la ladera del cerro donde hoy funciona Las Espinas, su bodega en Maldonado, la familia Bouza plantó nuevas vides y abrió un restaurante que se volvió referencia por su carta simple, de productos nobles, y por una gastronomía de primer nivel que hace brillar lo esencial sin estridencias. En ese escenario, entre mar, cerros y monte nativo, surgió una pregunta natural: ¿cómo sería vivir todos los días en un lugar así? La respuesta tiene nombre propio: Agreste Punta Negra.
De la viña a la casa: un nuevo capítulo
Agreste Punta Negra nace como el nuevo capítulo de ese universo Bouza: un club de campo y mar pensado para familias que valoran el contacto auténtico con la naturaleza. No se trata de un emprendimiento masivo ni de un barrio más, sino de un proyecto residencial cuidado, donde el lujo se expresa en silencio: en el espacio real, en la calma y en la calidad del entorno.
Para dar este paso, la familia Bouza encontró dos socios que comparten su forma de trabajo: RCS Australis e INVERGROUP, con décadas de experiencia en desarrollos residenciales. En esta alianza se integran tres miradas que coinciden en lo esencial: respeto por el paisaje, visión de largo plazo y un estándar de calidad que no negocia los detalles.
Punta Negra: cerros, mar y monte nativo
Punta Negra es un lugar singular de Maldonado, donde el océano se cruza con relieves suaves, lagunas cercanas y una fuerte presencia de monte nativo. En la falda del cerro Las Espinas, sobre el camino que lleva al restaurante con el mismo nombre, se despliega el predio de Agreste. Los lotes se desarrollan entre 30 y 180 metros sobre el nivel del mar, lo que permite vistas panorámicas al océano, a los cerros y al entorno natural que los rodea. Desde allí, Montevideo y Punta del Este quedan a una distancia estratégica, pero el ritmo cotidiano se rige por otros tiempos: los del amanecer sobre el mar y el cielo abierto.
¿Qué es Agreste Punta Negra?
Agreste Punta Negra es un desarrollo residencial boutique de 95 lotes, con superficies en el entorno de los 4.000 m² cada uno. La visión es clara: mucha tierra, pocas familias y un marco que cuide tanto la calidad de vida como la inversión. Cada lote está pensado para una vivienda unifamiliar de alto estándar, con retiros generosos que garantizan privacidad visual, silencio y verde alrededor. Un reglamento de arquitectura y urbanismo ordena el conjunto, promoviendo una línea contemporánea, sobria e integrada al paisaje, con materiales nobles y respeto por la topografía; no busca imponer un estilo rígido, pero sí evitar lo estridente o desproporcionado.
Club de campo y mar: vivir el paisaje con servicios
El proyecto combina la tranquilidad del campo con servicios y amenidades de alto nivel: club house con áreas sociales y piscina; gimnasio y kids club; canchas deportivas y propuesta ecuestre; senderos para trekking y espacios de avistamiento de flora y fauna; huerta y espacios de producción local; servicio de playa, y acceso controlado con seguridad 24 horas.
Más que un listado de amenities, Agreste propone una forma de vida: días que empiezan con una caminata por el monte, siguen mirando al mar y los cerros y terminan con una cena en Las Espinas.
Naturaleza como legado
Si hubiera que condensar Agreste Punta Negra en una sola idea, sería esta: la naturaleza se vuelve legado. El monte nativo no aparece como decorado, sino como protagonista. El diseño del proyecto se apoya en la conservación de la flora y la fauna locales y en una planificación que privilegia las vistas abiertas por encima de la densidad. Agreste dialoga con un comprador que valora el tiempo, el paisaje y la coherencia: alguien que busca privacidad real, un entorno auténtico donde conviven mar, cerros y monte nativo, y un marco claro que cuide la estética y la inversión a lo largo de los años. Al final, el verdadero privilegio puede ser tan sencillo como abrir una ventana y escuchar el sonido de la naturaleza.

















