La temporada se ordena cada vez más en torno a un calendario. ¿Se estará gestando una “Semana del Arte” esteña?
Por Marcelo Rozemblum
VERANO 2025-2026 BAJO LA LUPA: DE ESCENA A CIRCUITO
Balance artístico-cultural del verano: la temporada se ordena cada vez más en torno a un calendario. Sedes consolidadas, hitos que regresan año a año y un público que ajusta su agenda para estar “cuando hay que estar” confirman el pasaje de escena a circuito. ¿Se estará gestando una “Semana del Arte” esteña?
Habitualmente, los locales recibimos marzo con una mezcla de sentimientos: alivio, nostalgia y un cierto “bajón” post-euforia. Cuando baja la espuma del verano —esa ola gigante de inauguraciones, brindis, cocktails, charlas, eventos, galas y mucho más— recién ahí se ve qué quedó en el fondo y qué se llevó la corriente.
Y en el rubro de las artes visuales, este verano dejó una señal clara: el Este dejó de funcionar como una escena fragmentaria y azarosa para hacerlo más como un circuito, con fechas, paradas y expectativas determinadas.
Ese circuito básico se compone de hitos ya instalados —como la Gala del MACA, el ARCA (International Festival of Films on Arts), Este Arte en su 12a edición, el JIIFF (Festival Internacional de Cine de José Ignacio), las muestras internacionales en la Fundación Cervieri Monsuárez y las exposiciones de artistas residentes en Solanas Art Experience— junto con otras activaciones que completan el mapa, como el Brunch en Casa Neptuna ofrecido por la mecenas Ama Amoedo y la nueva plataforma “Latitud Garzón”, surgida tras la ausencia del tradicional Campo Art Fest.
El cambio no ocurre en el vacío. La expansión inmobiliaria avanza sin freno —basta recorrer el tramo entre Manantiales y José Ignacio, tomado por carteles que anuncian grandes proyectos— mientras la llegada incesante de nuevos residentes permanentes terminó de transformar la ciudad en una plaza activa los doce meses del año, con infraestructura, servicios y un público más cosmopolita que demanda (y sostiene) programación.
La pregunta, entonces, no es si crecieron la oferta y la demanda (crecieron), sino qué tipo de ecosistema está naciendo: uno planificado, organizado y coordinado entre agentes, que produzca conversación, riesgo y descubrimiento; o uno que premie, sobre todo, la competencia, la continuidad, la visibilidad y la coreografía social por sobre la calidad y el contenido.
Para esta columna entrevisté a referentes del mundo del arte —galeristas, artistas, críticos, periodistas y coleccionistas— para que compartieran cómo vieron la temporada, cuáles fueron los hitos más relevantes y, sobre todo, qué desafíos aparecen de cara al fortalecimiento del sistema artístico del Este.
De esas conversaciones y de la observación de la temporada emergen menos certezas que preguntas estructurales:
- ¿Por qué sigue costando coordinar entre agentes un calendario de temporada consensuado —armado con suficiente antelación y bien difundido en distintos medios— que evite superposiciones en fechas clave y, a la vez, permita concentrar programación en ciertos momentos (por ejemplo, en zonas como Pueblo Garzón) para que el viaje realmente valga la pena?
- ¿Podría Punta del Este consolidar una marca compartida —una verdadera “Semana del Arte”— o seguirá funcionando por iniciativas aparentemente dispersas?
- ¿La oferta cultural está leyendo de verdad a su nuevo público, o todavía programa para un mapa que ya cambió?
- ¿Qué coleccionismo se está formando hoy en Punta: cómo se compra, qué se valora y qué lugar real ocupa el arte en los nuevos desarrollos inmobiliarios?
- ¿Quién y cómo acompaña la formación de ese coleccionismo para que no se reduzca a decoración o tendencia?
Para el galerista Tomás Redrado (Tomás Redrado Art), el cierre de Campo en Pueblo Garzón —con su programa de residencias y el Campo Art Fest— dejó un vacío difícil de reemplazar: las iniciativas de las galerías fueron valiosas, pero más aisladas, sin la fuerza articuladora que existía antes.
Redrado señala, además, un fenómeno paralelo: la densificación del mapa cultural. “Las distancias cada vez se achican más. Hay mucho más para ver; las áreas se van poblando. Ya no manejás una hora y media para ver una sola cosa: cuando llegás al destino podés ver veinte propuestas. Eso acorta distancias y hace que la fuerza con la que se convoca al público crezca”.
En su galería, la temporada fue “notablemente mejor” que otras. Aunque el trabajo fuerte se desarrolla durante todo el año —entre Uruguay, Argentina, Miami y el circuito de ferias—, para él se trata de una continuidad: “Para mí es un solo bloque”. Esa lógica luego se traduce en ventas y circulación. Y este verano esa circulación fue especialmente visible: coleccionistas y visitantes de Colombia, Europa y Estados Unidos compraron obras a distancia —por catálogo o por fotos del espacio— y se las llevaron como una especie de souvenir sofisticado, “la materialización de algo que pasó en un lugar y un tiempo” en José Ignacio.
Tras cerrar una temporada “intensa y un poco rara”, Silvia Arrozés, directora de Galería del Paseo, reflexiona sobre el presente del arte en Punta del Este. Con 28 años de trayectoria y presencia en el Este desde 2003, su lectura ofrece una perspectiva privilegiada sobre la mutación del balneario.
Aunque se muestra satisfecha con el desempeño comercial en la feria y con el nivel de las exposiciones internacionales, Arrozés observa un cambio en el modus del público: “Noté un acercamiento más cauteloso, quizás por la situación global. Siento que ha habido una actividad descomunal, pero a veces ese exceso de eventos vinculados al arte distrae a la masa crítica y genera confusión”, una cierta “sociedad del espectáculo”.
Frente al boom inmobiliario de mansiones y apartamentos de lujo, su postura es tajante: “Que haya un exceso de construcción no significa que eso se asocie a la compra de arte. A mucha gente que compra esas casas no le interesa el arte, sino el adorno. Y el adorno esconde lo que adorna”.
Su apuesta sigue siendo la profundidad. “Me interesa ser consecuente con mi proyecto, alejada de las reglas del mercado; lo que importa es legitimar el arte contemporáneo verdadero y su parte intelectual”. Y advierte que este crecimiento inmobiliario sin precedentes exige cuidado, especialmente en lo ambiental y en la construcción: “Se está yendo de las manos”.
En su lectura, el gran obstáculo para profundizar públicos no es la falta de eventos, sino la forma en que se consumen. El celular e Instagram cambiaron la escena: donde antes había tiempo de conversación y mediación —el galerista contando, mostrando, explicando— ahora muchas veces aparece un gesto automático: “en tres segundos lo buscan, lo siguen y listo”. El resultado, según Arrozés, es una distracción constante: va mucha gente, pero no siempre queda algo. Mucha espuma; poco sedimento.
Por eso insiste en que una galería no debería ser solo un “barco comercial”. También debería funcionar como escuela: formar, sensibilizar, construir nexo con clínicas, charlas y encuentros. En tiempos de agenda vertiginosa, su apuesta va a contramano: más presencia, más tiempo frente a la obra. “Verla en vivo es cien por ciento distinto”.
Conversamos también con Natalia Revale, coordinadora de programas de Solanas Art Experience (SAE), una iniciativa de residencias de arte contemporáneo en Solanas (Punta Ballena) que convoca a artistas latinoamericanos para investigar y producir obra en diálogo con arte, naturaleza, arquitectura, tecnología y diseño.
Desde SAE, Revale señala un crecimiento en el perfil del público entre la exposición de 2025 y la de 2026: más especializado, con mayor interés en visitar la muestra y un boca a boca más activo sobre “lo que está pasando”, algo que —según explica— impulsa el crecimiento del proyecto. También destaca las actividades especiales realizadas este año (talleres para familias de Solanas, charlas y visitas guiadas), así como la invitación a referentes de Maldonado que acompañaron los procesos de los artistas durante el año, aportando capas de lectura y “espesura” a las investigaciones.
Dentro de la oferta de la temporada, uno de los proyectos más comentados por su originalidad y calidad —también impulsado por el boca a boca— fue Dark Matters: Pinus, del artista belga Fons de Muynck, en La Juanita. La obra consiste en una instalación site-specific montada en un bosque de pinos, donde el artista transforma el entorno en una suerte de “cámara oscura” viva: a través de aberturas, lentes y materiales especialmente diseñados, las imágenes cambiantes del paisaje exterior se proyectan en el interior sin luz artificial, volviendo visible —de manera hipnótica y frágil— otra forma de percibir la naturaleza. La experiencia, acompañada por una música que invita a la meditación y a la introspección, no se agota en lo sensorial: funciona también como un llamado a la conciencia ecológica y a la preservación del bosque.
En ese sentido, el proyecto dialoga con la decisión de la familia Kofler —dueños de Posada Ayana— de adquirir cinco hectáreas de terreno en un intento por proteger ese ecosistema frente al avance inmobiliario en la zona de José Ignacio.
Tal vez el desafío del próximo verano no sea sumar más eventos, sino afinar el sistema: coordinar mejor, comunicar mejor, formar mejor públicos y cuidar mejor el territorio que vuelve posible esta escena. Si Punta del Este está pasando de escena a circuito, la pregunta ya no es si ese circuito existe, sino qué cultura quiere producir.


















